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Full text of "Antonio N. Pereira 1884 Aclaraciones Historicas"

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POR 


UN ORIENTAL 



I 


MONTEVIDEO 

Imprenta a vapor y Encuadernación de Ei. Laurak-Bat, Cerrilo 84 

1884 





ACLARACIONES HISTÓRICAS 


« Amicus Sócrates, amicus Plato , 
sed magis amica veri tas». 

1 

Cuando se tergiversa la historia concientemente, 
no es posible menos, que salir en defensa de 
la verdad y de la justicia, que deben resplandecer 
ante todas las opiniones, y todos los furores de 
partidistas enceguecidos, por odios y rencores de ul- 
tratumba. 

El pasado debe ser un libro abierto para todos, 
en donde debe beberse en las fuentes déla historia, la 
verdad y no el sofisma, en donde debe irradiarla luz 
pura en todos los hechos, que han tenido lugar, y no 
envolverse en las tinieblas del engaño y de la men* 
tira. 

Cuando hemos visto anatematizarse á los par- 
tidos, que forman la mitad del país, cada uno, sino son 
su granmayoria, de hechos que en realidad no exís~ 
ten ó se tergiversan, nos hemos decidido a despejar 
el velo con que se quiere y se pretende encubrir la 
verdad histórica. 

Creíamos que había pasado ya el tiempo do las re- 



criminaciones políticas, y que se inspirasen esos par- 
tidos en móviles más puros, que el de recordar los 
tristes episodios de la lucha civil, cuyas páginas 
empapadas en sangre, debían servir de severa lección 
y ser una fuente de experiencia, para el presente y 
porvenir; sirviendo de ejemplo, para evitar aquellas 
mismas desgracias y males, que han labrado en gran 
parte el infortunio de la República. 

Pero, desgraciadamente parece que no es así, y que 
estuviésemos destinados á recorrer un círculo vi- 
cioso, y que sobre el pais pesase el cruel destino del 
desvario de los partidos. 

La cruel sentencia que pesaba eternamente contra 
Sisifo, de subir una inmemsa roca á la montaña y 
verla descender, parece que pesase sobre nosotros. 

Era, como es, pues de buen sentido práctico no 
volverlos ojos á ese lúgubrejpasado, sino para sen- 
tirlo y estremecerse ante los crueles recuerdos que 
nos suministra. 

¿Y qué objeto puede tener el mantener vivo el fu- 
ror del partidismo intransigente? 

¿Cuál el de evocar las sombras y mánes de los 
muertos y revestirse con sus sudarios? 

Creemos, que ningún bien puede cosechar la Re- 
pública, con esta propaganda de recriminaciones y 
de evocacionde las sombras de los que no existen. 

Y sin embargo, se hace ostentación hoy de esos 
recuerdos luctuosos, que son una verdadera igno- 
minia para el pais; proceder tanto mas censurable 
cuanto, nos presentamos como no habiendo olvidado 
nada; y al parecer dispuestos á mantener los mis- 



- 5 — 

mos enconos, los mismos odios y los mismos renco- 
res de familia,' que nos han dividido por tanto tiempo 
y que tan desgraciados nós han hecho. 

Conviene ya que eso es así, que la verdad históri- 
ca luzca en los episodios de la lucha civil, como en 
todo lo que es referente á nuestra historia. 

Y es por esta razón que nos determinamos á em- 
prender este trabajo. 

Y lo hacemos, fundando nuestros asertos, en prue- 
bas y documentos verídicos, que son la verdadera ba- 
se en que deben descansarlos hechos, despojándonos 
de torpes pasiones y de rencores, libre de insultos y 
de blasfemias, que no convencen jamás, y que solo 
irritan, teniendo todo un efecto contrario del que se 
proponen, pues el escritor debe tener siempre por 
norma, la moderación, y fundarse en la razón si 
pretende que sus opiniones tengan valor y sean 
atendibles. 

Nos cuesta tener que descender á volver la vista 
á ese pasado, no porque lo temamos, sino porque for- 
ma parte de la lúgubre historia de la lucha fratricida. 

Algunos de los episodios más sangrientos de esa 
lucha fratricida, han servido para hacer una atmósfe- 
ra de odios entre los partidos que se llaman tradi- 
cionales, presentando con todos los colores más 
negros y exagerando de tal manera los hechos, que 
verdaderamente dan terror y escalofríos, los episo- 
dios de crímenes horrendos, que podrían servir de te- 
ma para un drama ó novela terrorífica, parecida;? á las 
de PonsondeTerrail y Manuel Fernandez González. 

Entre ellos se cuenta el haber sido los blancos los 



— 6 - 

actores de Quinteros. Este hecho ha sido comentado 
de todas maneras y se ha prestado para revivir, des- 
pués de veinte y seis años, los odios que parecian 
amortiguados en los ánimos exaltados, como repre- 
salia al partido que hizo funerales á Leandro Gómez. 

Desde la tumba de aquellos que sucumbieron en 
Quinteros, se ha deificado á las víctimas que en- 
cierran sus cenizas, y se ha apostrofado y vulnerado 
de todas maneras á los victimarios, recargando las 
tintas en aquel cuadro sombrío de nuestras vicisitu- 
des políticas. 

Es uno de los hechos más deplorables que regis - 
tran las páginas de nuestra lamentable guerra fra- 
tricida. 

Aquel episodio funesto, hace ver á donde puede 
llegar el delirante espíritu de partido, y á donde 
puede alcanzarse en la carrera de los desórdenes, de 
la anarquía permanente, de furor de revueltas con- 
secutivas, como nos recuerda ese triste pasado. 

Cuarenta años de guerra civil, nos explican el des- 
borde de las pasiones delirantes de los partidos; las 
iras y los rencores personales, que preparaban esos 
desgraciados episodios, como se encuentran en nues- 
tros anales históricos. 

Entre ellos está Quinteros. 

Vamos á ocuparnos pues de ese suceso, con todo 
la circunspección necesaria y á encararlo bajo to- 
das sus fases, haciendo un estudio concienzudo de 
ese acontecimiento con toda la imparciabilidad in- 
dispensable. 

Debemos declarar que no sentimos desagradar á 





los que no participen de nuestras opiniones, porque 
tenemos fé en nuestra recta conciencia, y por qu e nó 
nos dejamos arrastrar por los sofismas, pues solo 
rendimos culto á la verdad. 

Después de esta digresión, entraremos en materia . 

Pesan sobre Quinteros dos cargos trascendentales. 

El primero, que fueron los miembros del partido * 
blanco los autores de aquel acto, y segundo, que se 
violaron las bases de una capitulación . 

Veamos ahora, que fundamentos tienen y en que 
se basan para tomarlas á sério. 

En cuanto al primero, es decir á que fué el partido 
blanco el autor de aquel acto, es verdaderamente 
hacer una lamentable mistificación histórica. 

No están tan lejos los sucesos para no recordarlos, 
pues son contemporáneos; conocemos perfectamente 
que debido á la série de revoluciones que desde el 18 
de Julio de 1853, hasta la que se le hizo al Sr. Pe- 
reira, el partido colorado y el blanco, habían fusio" 
nado, debido al pacto que el General Oribe y el Ge- 
neral Flores, habían realizado para salvar al país de 
la anarquía y de la revuelta. 

Ambos partidos, con esclusion del círculo conser- 
vador que sostenía la candidatura del General C ’sar 
Diaz, para la Presidencia de la República, trabajaron 
por llevar ai Sr. Pereira al poder y sostener su au. 
toridad. 

Cuando tuvo lugar la revolución, que terminó en 
Quinteros, se encontraban ambos partidos soste~ 
niendo al gobierno del Sr. Pereira, y la mayor parte 
de la administración pertenecía al partido colorado. 



— 8 — 

El círculo conservador fué el autor de aquel movi- 
miento revolucionario de 1857, como lo había sido 
de los sucesos transcurridos el 18 de Julio de 1853» 
que di ó por tierra con la adrhinistracion de D. Juan 
Francisco Giró y de los ocurridos en 1855, contra el 
General Flores y posteriormente contra la autoridad 
-de D. Manuel B. Bustamante. 

El Presidente de la República habia pertenecido 
al partido colorado y habia sido una de sus primeras 
figuras, pero como primer magistrado y jefe del po- 
der ejecutivo, no tenia mas partido que el país; go- 
bernaba con él y por él, y no hacia distinciones odio- 
sas; así lo habia declarado en su programa, de «que 
bajo la bandera de la Patria cabían todos los orien- 
tales»; y también, «que mandase quien mandase la 
mitad de la familia oriental, no podía tener en eterna 
tutela á la otra mitad» y asi la sostuvo siempre. Y 
entendemos que es como debe ser, pues no es dable, 
que un gobernante gobierne con su partido y para su 
partido, y que los demas sean considerados como ver- 
daderos parias destituidos de todo derecho de ciuda- 
danía. 

El gobierno cuando tuvo lugar la revolución esta- 
ba compuesto de blancos y colorados; los ministros 
eran el Dr. Requena, Batlle y el General San Vi- 
cente. Después se modificó y vino el Dr. Carreras, 
Nin Reyes y el General Gómez. 

¿Y por qué se modificó? ¿Por qu i la traición habia 
tenido lugar, desertando algunos gefes y oficiales 
colorados, que tenían empleos de importancia del 
gobierno, entre los que figuraron el General Freire, 



— 9 - 


nombrado comandante General del Norte del Rio 
Negro, y su hijo el mayor del cuerpo de artilleria, 
que se pasaron en uno de los ataques á la plaza, y 
algunos otros ma^ Afuera de estas deserciones, ha- 
bía colorados sostenedores del gobierno, como había 
blancos; entre los primeros, además del general Me- 
dina, recordamos al coronel Madriaga, al general 
Costa, comandante Evia, al general Yillagran, al 
general Velazco, general Melilla, comandante Gar- 
cía, general Fraga, comandante Mendoza, Palorne- 
que y otros muchos mas. 

Queda pues comprobado, que en las filas del 
gobierno, existían blancos y colorados, porque el Pre- 
sidente de la República había desplegado la bandera 
nacional y no era jefe de partido. 

Los acontecimientos de aquella revolución, son 
pues comunes , y la responsabilidad de los hechos 
pertenecen al país, que lo componían ambos parti- 
dos. 

Una fracción de ese partido colorado, fuéqqien su- 
cumbió en Quinteros, llamado conservador, y la 
gloria ó su desastre, solo pertenece á aquella frac- 
ción. 

Esta es la verdad, aunque el partido colorado 
quiera revestirse ahora después, de veinte y seis años, 
con ese ropage que no le pertenece; y aunque Flores 
hiciese la revolución invocando á Quinteros. Flores 
precisamente enemigo acérrimo de aquellos mis- 
mos que lo habían echado del poder en 1855, y que 
por ellos había hecho el pacto con Oribe! .... 

Dado este hecho y probado que blancos y colora- 



— io- 


dos sostenían al Gobierno de Pereira, vamos á en- 
trar á destruir el cargo que se hace de haber faltado 
á una capitulación. 

Esto es ha destituido de todo fundamento serio. El 
Gobierno había espedido desde el principio de la re- 
volución el siguiente decreto: 

Ministerio de Guerra y Marina. 

Montevideo, Enero t.° de 1858. 

Considerando que la paz pública es una de las 
primeras necesidades del Estado, y que ella no se 
puede conservar sino teniendo por base el respeto 
y obediencia á las autoridades constituidas; que ese 
respecto y obediencia es un deber indispensable en 
todos los ciudadanos é imprescindible en los gefes y 
oficiales de la República; que habiéndose alzado en 
abierta rebelión contra el gobíérno, varios jefes ca- 
pitaneados por los traidores Brigido Silveira, Fa- 
rias y Otros, el gobierno se encuentra en la indis- 
pensable necesidad de castigar con todo el rigor de 
la ley esa rebelión injustificable, ámenos de abdicar 
los derechos y deberes que le competen, por las le- 
yes fundamentales del Estado, ha acordado y de- 
creta: 

Art. l.° Declárase reos de lesa patria á los traido- 
res Brigido Silveira y demás jefes y oficiales, que se 
hayan prestado o se prestaren á apoyar la rebelión 
contra el gobierno. 

Art. 2.° Ordénase á las autoridades civiles y mili- 
tares de la República, que en caso de ser aprendido s 



— 11 — 

procedan á juzgarlos con brevedad y pronta aplica- 
ción de la ley. 

Comuniqúese, publiquese, etc. 

PEREIRA. 

Andrés Gómez. 


Por este decreto se vé que el gobierno declaraba 
reos de lesa Patria, á los que habían levantado el 
pendón de la revuelta, y que se ordenaba á las auto- 
ridades civiles y militares, que en caso de ser apren- 
didos fuesen juzgados con la mayor brevedad y 
pronta aplicación de la ley. 

En virtud de esto, fué que el General Medina, pro ' 
cedió al cumplimiento de este decreto. 

Además tenia dicho General órdenes terminantes 
del Gobierno, de no entrar en arreglo ninguno 
sino bajo la base de la rendición y sometimiento 
completo el enemigo. 

Dado estos antecedentes, no estaba el General 
Medina autorizado de manera alguna, á entrar en 
capitulaciones de ningún genero, sino obligarse á 
cumplir las órdenes del gobierno, porque asi se lo 
mandaba su superior, cuyo mandato tenia que cum- 
plir estrictamente. 

Pero para más corroborar el que está destituido 
de todo fundamento el supuesto pacto de Quinteros, 
daremos á conocer los siguientes documentos: 

Hé aquí el parte de la acción de Quinteros: 



12 


«El General en Jefe del Ejército de Operacio- 
nes.' « 

Señor Ministro. 

Después de haber comunicado áS. E. el Sr. Pre- 
sidente de la República del triunfo y sometimiento 
completo del ejército délos rebeldes, pasó á datallar 
á S. E. lo ocurrido en esta jornada. 

El día 28 por la mañana tuve aviso de mi gefe de 
vanguardia D. Dionicio Coronel que el ejército de 
los rebeldes ocupaba la márgen derecha del Rio 
Negro en el Paso de Quinteros. 

Asi que llegue con el cuerpo del ejército mandé 
que churrasquearan y en seguida ordené á mi gefe 
de E. M. Coronel D. Francisco Lasala, marchase 
sobre dicho paso con las fuerzas y las situase del 
modo siguiente: 

Las dos piezas de artillería sobre el mismo paso, al 
mando de su capitán D. Manuel Perea con una 
guerrilla de caballería, dejando despejado su frente; 
á la izquierda de las piezas el segundo batallón de 
guardias nacionales, las compañías del primero y de 
policía agregadas áeste, todas al mando del Tenien- 
te Coronel D. Lesmes Bastarrica. 

A la derecha de la artillería, se colocó escalonado 
el escuadrón l.° al mando de su Comandante Mayor 
D. Ignacio Madriaga y mi escolta al de su Coman- 
dante D. León Mendoza. 

A la izquierda el batallón de infantería, formaban 
escalonados cinco escuadrones, que lo componían las 



— 13 — 

guardias nacionales de los Departamentos del Du- 
razno y San José, los tres primeros al mando del Sr. 
Coronel D. Basilio Muñoz y los restantes al de su 
comandante D. Rafael Rodríguez, destacando medio 
escuadrón á cubrir uná picada que se hallaba como 
á veinte cuadras arriba del Paso de Quinteros. 

Al mismo tiempo que se establecía esta linea, or- 
dené a mi jefe de vanguardia que se pusiese á gran 
galope y pasase con ella el Paso de Baigorri, que se 
halla legua y media abajo y que cargase y derrotase 
cuanto se pusiera á su frente para tomar la reta- 
guardia de los rebeldes. 

Efectivamente, dicho jefe destacó al Sr. coman- 
-dante don Gervasio Burgueño quien forzó este paso 
acuchillando y derrotando cuanto encontró delante. 
Al comandante D. Timoteo Aparicio del Departa- 
mento de la Florida, se le ordenó, que con su escua- 
drón pasase también el rio, por una picada falsa; en 
seguida, pasaron los escuadrones de las guardias 
nacionales de los departamentos de Maldonado y 
Cerro-Largo, las primeras al mando del comandante 
D. Bernardino Olid y las segundas á los del coman- 
dante D. Agustín Muñoz. Seguían estas fuerzas 
por la rnárgen derecha del rio á gran galope, arro- 
llando cuanto se presentabaa su frente, y al remon- 
tar las cuchillas y disponer un ataque simultáneo 
con dichas fuerzas, apareció en el paso un parla- 
mento de los rebeldes; lo mandé recibir por el te- 
niente coronel D. Jeremías Olivera, segundo Jefe 
del E. Mayor, cuyo parlamento ofrecía el someti- 
miento completo de los rebeldes y la rcn- 



— 14 — 

ilición de sus armas» lo que acepté para evitar 
la efusión de sangre, quedando de este modo de- 
mostrado el poder irresistible del ejército del go- 
bierno 


-s Anacleto Medina. 
Villasboas, Enero 30 de 1880. 


Este parte habla pues, del sometimiento completo 
de los rebeldes y de ninguna manera de concesiones 
de ningún género. 

Y no podía ser de otra manera, pues lo repetimos 
el General en Jefe, no estaba autorizado para entrar 
en otros arreglos, sino bajo la rendición completa 
del enemigo á las fuerzas del gobierno. 

Y tampoco podía esperarse- ni se puede presumir 
otra cosa, que un ejército compuesto de trescien- 
tos hombres, derrotados dos veces, en las trinche- 
ras de Montevideo y en Cagancha, desmoralizado y 
en fuga, y circunvalado por un ejército de tres mil 
hombres, y ante la actitud decidida del Brasil y de 
la Confederación Argentina, y del movimiento de 
mil quinientos entrénanos que lo amenazaba, pudie- 
se pretender entrar en capitulación de ningún géne- 
ro, cuando la incapacidad de su General los había 
conducido á ese extremo, y recordamos oportunamen- 
te las palabras de uno délos que cayeron en Quinte- 
ros quien declaraba terminantemente: «hemos, sido 
vencidos por la incapacidad de nuestro general, etc.» 



- 15 — 

¿Qué mayores pruebas que estas para ver que no 
hubo ni pudo haber tal capitulación? 

Pero confirmemos más connuevos documentos es- 
ta verdad, para que luzca como la luz radiante del día. 

El gobierno sabedor de que echaban mano los ene- 
migos de aquel recurso, para desprestigiar su causa y 
celoso de su dignidad, dirigió á los Agentes Diplo- 
máticos y Consulares la siguiente circular: 


«Ministerio de Relaciones Exteriores. 

Montevideo, Febrero 3 de 1858. 

Ha llegado al conocimiento del Gobierno que D. 
Enrique Martínez desde el asilo que con su autori- 
zación la presta el Consulado de Estados Unidos, 
se ha permitido dirigir una circulará los agentes 
estrangeros para invocar su interposición en favor 
de los generales Cesar Diaz, Manuel Freire y de- 
más rebeldes sometidos por las armas del Gobierno 
en el Paso de Quinteros del Rio Negro, haciendo 
para ello, una inicua relación de aquel acontecimien- 
to, tan contrario á la verdad de los hechos, y tan 
ofensiva á la dignidad y crédito del Gobierno, que 
no es posible dejarla en pié por la calumnia que 
envuelve, autorizando con el silencio la D que algu- 
nos pueden prestar á ese libelo informatorio digno 
solo del personage que lo suscribe. 

Tranquilo el gobierno, en el testimonio do su con- 
ciencia y en el que le presta la opinión unánime del 
país, no contestaría sino con el mas profundo des- 



— 16 — 

precio que le inspira esa torpe calumnia, si ella fuese 
inventada para obrar solo en el ánimo de los habi- 
tantes de la República, ademas de ser bien notorios 
los hechos que revelan los partes oficiales y cartas 
particulares de los jefes y subalternos del ejército, 
es demasiado conocido en el país el autor de ese he- 
cho para temer que puedan sus palabras encontrar 
eco en la conciencia de aquellos, pero desde que esa 
calumnia ha sido preparada en víspera departir el 
paquete de Europa, y se ha dirigido una circular que 
la contiene á los Agentes Extrangeros, para que por 
su medio vaya á hacer su efecto en el exterior, mos- 
trando al Gobierno de la República con una nota 
de infamia que jamás ha merecido, es’ un deber de 
lealtad álas buenas relaciones internacionales, des- 
truir el afecto que pueda ofrecer en la conciencia de 
los gobiernos amigos. 

Demasiado notorios somal Señor. . ... los hechos 
espantosos con que se ha hecho sentir la rebelión en 
el corto período que ha agitado á la República. No 
hay Agente Diplomático ó Consular acreditado ante 
este gobierno que no haya recibido quejas de parte de 
sus compatriotas por. los repetidos actos de violen- 
cias de que han sido inocentes víctimas; y el hecho 
de no dominar los rebeldes mas que el pequeño radio 
que alcanzaba su diminuto y heterogéneo ejército, 
es una prueba concluyente del ningún prestigio 
de su causa, de la aversión ganada por su insistencia 
en convulcionar al país y del horror que han inspi- 
rado sus criminales atentados. 

El gobierno que tiene altos deberes que cumplir 



— 17 — 

en obsequio de la paz y de las garantías acordadas 
por la Constitución á la vida, al honor y á la pro- 
piedad de todos los habitantes déla República, espi- 
dió el decreto que el Señor conoce, por el cual 

declaraba fuera delaley'á todos los autores y cóm- 
plices de la rebelión, de acuerdo con las leyes civiles 
y militares vigentes: 

Las armas de la República alcanzaron por fin á 
los rebeldes en el Paso de Quinteros del Rio Negro, 
y la convicción de la ineficacia de sus medios y es- 
fuerzos, el terror que se apoderó de la tropa ante la 
actitud imponente del ejército nacional que lo había 
rodeado, obligaron al ex-general César Díaz, á en- 
tregarse al Sr. Brigadier General don A. Medina sin 
pacto ni condición alguna, porque fueron rechaza- 
das las primeras proposiciones de capitulación. 

Ll Gobierno tuvo noticia de ese gran aconteci- 
miento, que aseguraba la paz y las instituciones de la 
República, sin costar en ese dia á sus fieles servido- 
res una sola gota de sangre. Nilos conceptos del 
parte oficial ni las correspondencias parti- 
culares del ejército revelan cpie hubiese 
habido capitulación ni convenio alguno, 
y firme el gobierno en la convicción de hacer un es- 
carmiento tanto para castigar los horrorosos crí- 
menes cometidos en las Piedras, Canelones, San 
J osé, Florida y Durazno, donde han pasado los re- 
beldes, cuanto para evitar que la impunida :1 aliente 
como hasta ahora las pasiones revolucionarias y en- 
sangrienten de nuevo el suelo de la Patria, el go- 
bierno mandó cumplir el decreto enunciado etc. 



— 18 - 

Estos son los hechos Señor los verdaderos 

hechos. El General Medina por otra parte no podía 
hacer concesión alguna, porque no tenia facultades 
para ello. 

Todas sus instrucciones se reducían al cumpli- 
miento del decreto citado y disposiciones guberna- 
tivas acerca de los. rebeldes. 

El gobierno no podía dar crédito á los rumores 
que recien ayer llegaron á su conocimiento, acerca 
de una capitulación, porque esos rumores están en 
contradicción con lo que revelan los partes oficiales 
que nada dicen de arreglo ni convenio alguno. 

Con todo, ant>; una copia simple, de un pasaporte 
que se dice dado por el general Medina al ex-gene- 
ral Cusar Diaz, y en el interés de que no se le tacha- 
se de proceder im premeditan) ente, mandó suspen- 
der la ejecución ordenada, hasta la verificación de 
los hechos que se aducían y. que por otra parte, po- 
dían tomarse como ciertos, estando en contradic- 
ción con los partes oficiales y para lo que el gene- 
ral en jefe carecía de toda facultad. 

El infrascripto espera que ante la relación que an- 
tecede el Señor........ negará á las aserciones del 

Sr. Martínez, la fé que busca para minar la reputa- 
cíon^lel Gobierno, y presentarlo ante las naciones 
amigas, como autor de la violación de un pacto, que 
no ha existido, aserciones tanto más apasionadas 
cuanto que á su calidad de revolucionario y enemi- 
go de la administración, reúne la de ser próximo pa- 
riente del ex-general César Diaz, etc. 

Antonio de las Correrás. 



— 19 — 

Sevé pues el origen de este incidente por la nota 
que transcribimos, y que el gobierno, preocupándose 
como era natural de una aserción tan' grave, tratase 
de averiguar y cerciorarse de la verdad. De esa in- 
formación resultó que no era masque una calumnia. 

Conocemos bien que es uno de los medios con 
que siempre cuentan, los que le es adversa Infor- 
tuna de las armas, de echar mano de toda clase de 
ardides, para dar por tierra con la reputación, valor 
y crédito de sus enemigos, y contra los que les son- 
ríe el aura del triunfo; la historia cuen ta muchos 
ejemplos que hacen titubeary llevar laincertidunrbre 
al animo más preparado á las sorpres as, imponiendo 
la duda sobre la verdad de lo ocurrido. Hay ciertas 
historias en que se describen los sucesos de una ma- 
nera tan parcial, ó se explican los hechos con tanto 
apasionamiento, que no es posible menos que dudar 
de su veracidad. 

Aun en nuestros dias ¿de qué diversos modos no 
se relatan muchos de los n&chos contemporáneos? 

Cuéntase que sir W. Raleigh, estando preso en 
la torre de Londres, se ocupaba en escribir la histo- 
ria de Inglaterra, cuando asomado á la reja de una 
ventana, vio un tumulto y riña en la calle; pregun- 
tando la causa al carcelero y á dos ó tres personas 
más qu^ vinieron averio, todos le dieron una espli- 
cacion diversa: entonces sir Raleigh, tomó la histo- 
ria que escribía y le echó al fuego diciendo: «si sobre 
un suceso que he visto hay tantas opiniones diferen- 
tes ¿qué juicio podré formar sobre los acontecimien- 
tas de tantos años que no he podido presenciar?» 



— 20 — 

Pero en este caso no hay posibilidad de tener dos 
opiniones, puesestá demostrado que dadas las circuns- 
tancias de aquel puñado de hombres derrotados y 
desmoralizados, rodeados por un ejército bien su- 
perior en número, y amenazados por la actitud del 
Brasil y de la Confederación Argentina, sin ningu- 
na perspectiva de poder salir airosos de su situación, 
pudieran pretender entrar á capitular con condi- 
ciones; esto no es siquiera racional. 

El único medio que hubieran tenido era abrirse 
paso en un acto de estreñía desesperación. 

Leónidas con trescientos espartanos se abrieron 
paso por entre un ejercito persa respetable, y Lean- 
dro Gómez prefirió morir antes de entregarse; pero 
son actos de heroísmo que no se citan muchos en la 
historia, y mucho menos cuando en un ejercito, entra 
la desmoralización como sucedia con el de Cesar 
Diaz. 

Probado que no hubo ni pudo haber tal pacto ni 
capitulación, damos eñ seguida la declaración del 
General en Gefe D. Anacleto Medina, con que 
destruye el cargo injusto que se le imputaba, de ha- 
berfaltado á la fé de un convenio y que dá por tier- 
ra por completo con aquella trama urdida, contraía 
honra de su nombre y del ejército del gobierno. 

Hela aqui: ^ * 

«El General en Gefe del ejército. 

Miguelete, 8 de Febrero 8 de 1858. 

Exmo. Señor: 

No debiendo tolerar por mas tiempo que los ene- 



— 21 — 

migos del orden continúen con la pretensión de os- 
curecer el triunfo de las armas del gobierno propa- 
lando que la rendición de los rebeldes en el Paso de 
Quinteros, ha sido hecha bajo capitulación, y que 
á esa capitulación se ha faltado, es de mi imprescin- 
dible deber, como General en Gefedei ejroito , el 
desmentir tal superchería, tanto mas, cuanto 
han revestido aquella impostura figurando 
condiciones y hasta circulando cartas apó - 
crifas, con la copia de un supuesto pasapor- 
te dado por mí á César Diaz y demás re - 
beldes. 

V. E. qne por mis despachos oficiales conoce co- 
mo yo mismo, la falsedad de tan ingeniosas asercio - 
nes, y la necesidad que hay de desmentirlas, me ha 
de permitir que rectifique los hechos, para que pu- 
blicada esta nota en hoja suelta, llegue á noticia de 
todos; que después de derrotados completamente los 
rebeldes por la vanguardia del ejército Constitucio- 
nal, quedaron reducidos en el Paso de, Quinteros 
con su infanteria y tres escuadrones de caballería, 
donde el grueso del ejército que había tomado la re- 
taguardia del enemigo los envistió circumbalándolos 
para cargarlos; entonces fué cuando tentaron la 
capitulación por primera y segunda vez, que no quise 
oir, hasta que habiéndola propuesto por tercera vez 
les intimé que se rindiesen á discreción y 
sin condiciones, en término de media hora 
so pena de ser inmediatamente acuchilla- 
dos por el ejército. Se rindieron efectiva- 
mente y considerándolos como realmente 



- 22 — 

eran traidores tomados con las armas en 
las manos, los puse á disposición del go- 
bierno. 

Por lo demás, esto que está consignado en docu- 
mentos oficiales que han sido publicados, lo repito 
para todos aquellos que desconociendo la justicia en 
las resoluciones del gobierno, han querido á la vez 
poner en duda la lealtad de mis procedimientos res- 
pecto de los rebeldes César Dias y otros que fueron 
ejecutados en cumplimiento del decreto de 1.° de 
Enero que los declaró reos de lesa patria. 

Esto'me parece suficiente Ecxnío. señor, cuando 

EL QUE HABLA TIENE LA CONCIENCIA DE SER CREIDO, 
PORQUE SIEMPRE DEBE TENERLA, EL VETERANO QUE 
DESDE LA INDEPENDENCIA, SIRVE Á SU PATRIA, SIN HA- 
BER MANCHADO JAMÁS SU LARGA CARRERA POR UN ACTO 
DE DESLEALTAD. 

Dios guarde á V. E. muchos años. 

(Firmado.) 

Añádelo Medina. 

Ecxmo. Sr. Ministro de Guerra y Marina. 


¿Y podrá d-udarse de la palabra leal del soldado 
que desde el año diez, habia combatido por la li- 
bertad de su Patria, del guerrero de nuestra Inde- 
pendencia, que en su larga carrera— como el lo dice 
— -jamás la habia desmentido con un acto de des- 
1 ealtad? 

El General Medina era uno de los jefes del partido 



— 23 - 

colorado, que mas se había distinguido por su es- 
píritu de orden, de rectitud y de valor personal. 

Era un militar recto y austero, en quien no cabía 
la perfidia ni la falsedad. 

Educado en las guerras de nuestra emancipación; 
sirviendo con militares distinguidos y patriotas, 
como el General xYrtigas, tenia el culto sagrado por 
la Patria, que ardía en los corazones de éstos; 
y habia heredado la nobleza y la hidalguía de los 
jefes con quienes habia servido. 

En los combates, como en lascampañas'militarcs, 
siempre se distinguió, por su humanidad para con 
sus enemigos; por su fidelidad para su causa, y por 
su moralidad militar á toda prueba. 

¿Y puede consentirse que ese mismo jefe, que ha- 
bia dado mil muestras de rectitud militar, siendo uno 
de los jefes mas respetados, no solo por los colora- 
dos, sino por blancos, pudiese echar tan negra 
afrenta sobre su nombre, al final de sus dias, faltan- 
do á la f; militar y ocultando p rfidamentelas bases 
de una capitulación? » 

No es posible creerlo. 

Por otra parte el Sr. Pereira una de las primeras 
figuras históricas de su país; que se había distinguido 
siempre cuantas veces estuvo en el poder, por su 
espíritu recto y probo, que habia dado pruebas de 
patriotismo, militando con Artigas, hasta su ostra- 
cismo; trabajando por la Independencia del país, co- 
mo uno de los primeros patriotas, firmando el acta 
de nuestra declaratoria de Independencia y figurando 
desde entonces en los primeros puestos de la ad- 



— 24 — 

ministracion, siempre siendo uno de los hombres 
públicos mas respetados del país, pudiese también 
consentir en un acto tan ignominioso? 

De manera alguna. 

Y tampoco puede creerse de ninguno de los que 
figuraban en e] gobierno ni en el ejército, semejante 
proceder, ni en nadie. 

Seria necesario volver los ojos á las regiones sal- 
vages y solo encontraríamos tan bárbaros ejemplos 
de ello entre los Cafrés ó los indios Tobas. 

Pero no es propio de gente civilizada, ni menos 
de hijos de este suelo, que han dado pruebas siem- 
pre de hidalguía de sentimientos y de nobleza en 
sus actos. 

Los Orientales jamás han podido hacer actos de 
tal indignidad, y menos quienes se habían distin- 
guido siempre como patriotas austeros. 

Este es un cargo que debemos levantar por nues- 
tra propia dignidad nacional. 

Está pues comprobada la falta de fundamento de 
semejante aserción, por los documentos que he- 
mos transcripto y por las reflexiones que hemos 
hecho. 

Pero abundaremos en mas pormenores que aun- 
que no son indispensables después de lo expuesto, 
pueden servir para destruir completamente todo 
cargo. \ \ " 

Las reflexiones que debemos agregar son las 
siguientes: es bien estraño que ninguno de los que 
formaban el ejército nacional tuviese conocimiento 
de semejante capitulación, y como no hubo una voz 



— 25 - 

\ 

que amparase semejante aserción y le diese crédito, 
sobre todo en un acto de tan inmensa responsa- 
bilidad. 

Además la informalidad con que se quiere expli- 
car aquella aserción, sirviéndose para darla como un 
hecho, la presencia de un pasaporte dado según 
se asegura por el General Medina á Cesar Diaz, y 
ese pasaporte en un papel simple, sin formalidad 
ninguna. No es posible tomar á serio una cosa tan 
informal. 

Pues qué si habia tal concesión ¿como el general 
Medina no revistió aquel acto con más'formalidad? 
Es posible suponerse que no se guardasen las formas 
en aquel acto si efectivamente habia tenido lugar? 
Y si pudiese existir tal hecho ¿cómo es que todos 
los que formaban el ejército lo ignoraban? 

De cierto que no es posible. 

Podríamos suponer que el general Medina habia 
hecho esa concesión ¿que interés podria tener en 
ocultar aquel pacto ó en hacer comprender que ha- 
bia dado un pasaporte a César Diaz? 

No lo comprendemos. 

Ni tampoco, que todos los que formaban el ejérci- 
to nacional, los miembros del Gobierno, ignorasen 
completamente semejante cosa. 

La verdad es, que la revolución encabezada por 
César Diaz no encontró éco en el pais; la prueba es- 
tá en que no pudó reunir mas que la gente que cayó 
prisionera en Quinteros, cuyo numero alcanzaría 
á tres cientos cincuenta hombres; y de ellos deben 



— 26 - 

contarse á los estrangeros enganchados en Buenos 
Aires. 

¿Donde estaba ese prestigio, y esa desicion por la 
causa que sostenían? — * 

El partido colorado estaba fraccionado: sabemos 
que muchos de sus gefes servían en las fuerzas del 
gobierno, y que solo tuvieron lugar algunas deser- 
ciones. 

¿Como es que no engrosaron sus filas? Esto es- 
plica que la revolución no respondiaa otro fin sino á 
ambiciones bastardas y á inmoralidades; que la 
bandera que fcnarbolaba no despertaba el entusias- 
mo del pais. 

No puede concebir que un movimiento revolu- 
cionario, que respondiese á una necesidad, de derro- 
car á un gobierno.que según ellos era arbitrario, no 
dispusiese de mas medios, de mas gente, y que no 
encontrase acogida en el país, y eso que Buenos 
Aires le facilitaba su influencia y recursos para sus 
fines. 0 

Una de dos: ó aquella revolución no era justifi- 
da ó bien el pais estaba cansado de revueltas. 

Sobreque no era justificada, hablaremos después; 
y en cuanto á que el pais estaba cansado de vivir en 
la anarquía y el desorden, es la verdad. 

Esto esplica que los partidos tradicionales se hu- 
bieran unido para salvarlo, como esplica también 
que la revolución no tuvo eco en el pais. 

Creemos fundadamente que apesar de todo cuan- 
to se ha dicho en favor de los principios revolucio- 
narios; de todo lo que se ha escrito en pro de aquella 



— 27 - 

cruzada, nunca se podrá esplicar razonablemente el 
aserto de una capitulación, dados los antecedentes 
que hemos dado á conocer. 

Hay un espíritu de exageración política, como la 
hay en las demas cosas, que en vez de hacer bien á 
los partidos que emplean ese medio, sirven muy al 
contrario, para desautorizar sus juicios y opiniones 
y con mayor razón, cuando hay vehemente interésen 
desfigurar, tergiversar y mistificar los hechos, y es 
lo que ha sucedido en el presente caso. 

Es una escuela que en todas partes existe,’ y que 
en nuestro país ha echado raíces; escuela de difama- 
ción, intolerancia y descrédito. 

Creemos pues haber dejado bien confirmado que 
no hubo capitulación en Quinteros: 

1. ° Porque el General en Jefe no estaba de ma- 
nera alguna autorizado para ello. 

2. ° Porque no es posible dudar de la sinceridad 
y lealtad déla palabra de un veterano como el Ge- 
neral Medina, que niega terminantemente. tal.aserto- 

3. ° Porque no es posible comprender que trescien- 
tos hombres desmoralizados, derrotados dos veces 
y circunvalados por un ejército decidido y entusiasta 
por su causa, y bien superior en número, pudiesen 
pretender capitulaciones, y mucho menos, cuando 
estaban perdidos completamente, ya por la amenaza 
del ejército que los rodeaba, cuanto por la actitud 
del Brasil y de la Confederación Argentina en sos- 
ten del gobierno.' 



— 28 — 


II 

Ahora nos ocuparemos de juzgar los actos de los 
que sucumbieron desgraciadamente en Quinteros 
de la bandera que habian desplegado y de los medios 
y fines que se proponían. 

Para llegar á esto, debemos empezar por arrojar 
una ojéada retrospectiva y hacer conocer ciertos he- 
chos, y presentar algunos antecedentes históricos. 

El P ais desde su emancipación política había vi- 
vido en continua anarquía. Ningún gobierno había 
concluido su período legal de mando, sin que la 
revolución lo hubiera hecho caer. 

El sitio de los nueve años, y las revoluciones pos- 
teriores, mantenían en permanente desorden al país. 
Los espíritus en continua agitación; los partidos 
siempre dispuestos á la lucha, habian llevado á la 
República á la mas mísera y horrible situación. 

En el período que describimos, había llegado aquella 
situación al estado álgido y depresivo, de que no nos 
podemos dar cuenta sino viéndola y habiendo vi- 
vido en aquel tiempo. 

Era imposible presenciar un estado mas deplora- 
ble; era im posible ver á un estado mas agobiado por 
el peso del infortunio, que aquel que le cabía á la 
República . 

Erala triste herencia que del funesto pasado, de 
las luchas continuas, de la anarquía permanente , 



- 29 - 

habíamos heredado, y que le tocó al Sr. Pereira al 
subir al mando. 

Un estado combatido de continuo por el huracán 
devastador de la revuelta, sin tiempo s uficiente pa- 
ra restaurar sus fuerzas abatidas; muertas sus 
fuentes de producción; estinguido el trabajo, des- 
acreditad» en el esterior y sin medios suficientes 
para poder marchar, p'ues todas las rentas del estado 
estaban vendidas ó hipotecadas, ó gffebadas al pago 
de créditos, no podía seguir mas tiempo en aquel 
camino, sin riezgo de perder su soberani a como es- 
tado independiente, y ser presa de cualquier otro 
poder mas fuerte que codiciase su conquista. 

Por aquel estado de continua anarquía, e n época 
anterior, el ejército Luzo Brasilero se había apode- 
rado del pais en 1817. 

Desde la revolución hecha á Rivera por Lavalle- 
ja y la que aquel hizo á Oribe, se habían ido aglo- 
merando dificultades de toda clase para la marcha 
de los gobiernos. 

Por un lado el ciego furor de las revueltas, por 
otro las ambiciones bastardas, teniendo en continua 
aiarma á los ciudadanos y habitantes del pais, no 
daban paz ni tregua para poder vislumbrar el . faro 
de salvación de la República. 

Y es que el inmenso incendio de la guerra civil 
alumbraba con infernal claridad, por todos los ám- 
bitos de la República, y los ánimos exaltados 
mautenian vivas las iras y los enconos. 

Aquella prolongada época de lucha y de depreda- 
ción íué tan prolongada, que aun se sienten Sus 



— 30 - 

♦ 

efectos, apesar que el tiempo y los desengaños, 
debían haber muerto completamente los recuerdos 
de aquel tenebroso pasado. 

Terrible época aquella, en que el narrador tendrá 
que temblar ante el espectáculo que le ofrecerán á 
la vista, los tristes y lamentables episodios de aque- 
lla lucha entre hermanos, que se alumbra por nues- 
tro mal, desde los albores de nuestra independencia 
y que aun nowdividen. • 

Era necesario entonces poner un limite al furor 
déla revuelta, si el pais debía salvarse; pronunciar 
elqinsego, para que todos los elementos que en 
desorden ímpetu y en revuelto torbellino yacían, 
hiciesen la luz en aquel verdadero caos. 

Aquella situación de continuo deesórden, de lu- 
cha permanente, debía tener pues un término. 

Todas las naciones han tenido sus grandes épo- 
cas de vicisitudes, tiempos de revueltas, en que han 
se han despedazado, pero lian llegado para ellas el 
momento decisivo, en que han terminado todos sus 
males y lo que las hacia permanecer en continué so- 
bresalto y agitación. 

Pero no ha sido sin experimentar fuertes conmo- 
ciones, sin apurar grandes sacrificios y sin pasar por 
costosas pruebas. 

En nuestro pais, tenia que suceder lo mismo: las 
desgracias iban eslabonando tantos desastres, que 
para arrancar de aquella situación, teníamos que 
atravesar por una gran prueba, que rompiese con to- 
do nuestro pasado-. 

Todo estaba conspirando para ello; la lucha ar* 



— 31 — 

diente y sin tregua de los partidos, las depredacio- 
nes y violencias, la falta de acatamiento á las leyes y 
la falta de esta habilidad en los gobiernos, presagia" 
ban un terrible y cruermomento para la República- 

No se puede recorrer con vertiginosa carrera, un 
círculo vicioso, sin llegar al limite y experimentarla 
sacudida del rayo. 

Ese momento terrible llegó para la República. 

Historiemos algo antes de llegar á ese instante, 
y hagamos conocer parte de los sucesos que antece- 
dieron á aquella catástrofe y ocupémonos de., los 
hombres que figuraron en ellos. 

La revolución habia nacido con nuestra indepen- 
dencia. 

Tres jefes prestigiosos que habian figurado en 
primer rango, se debían disputar el mando y el po- 
der supremo. 

Lavallej a, Rivera y Oribe, eran ellos: y como dice 
Harmitage en la Historia del Brasil, «eran los ele- 
mentos de anarquía que iban*á vengar los desastres 
y derrotas que habia sufrido el Imperio.» .■> 

Indudablemente aquella profecía tenia todos los 
fundamentos de verdad. 

La primer Presidencia le tocó al general* Rivera y 
el general Lavalleja que habia sido el jefe de los 
Treinta y Tres, que habian redimido á la Patria del 
extranjero opresor, á pesar de su poca ambición, no 
pudo dejar de sentir que se sobrepusiera Rivera á él, 
cuando en justicia como el iniciador y ejecutor del 
plan de libertar la Patria, debía haber sido el elegi- 
do para la primera presidencia. 



— 32 - 


Siempre es así: que á los que más servicios pres- 
tan se les pague con ingratitudes é injusticias. 

Pero vamos á los hechos: la presidencia de Rive- 
ra por sus desórdenes políticos, económicos y finan- 
cieros, dieron un legítimo pretesto á Lavalleja para 
hacer una revolución. 

Ella no se hizo esperar mucho y la guerra civil se 
alumbró en la República. 

Lavalleja se puso al frente de la revolución, pre- 
cediendo con una larga exposición de motivos, las 
causas que la hacian empuñar las armas, para dar 
por tierra con aquella situación . 

La revolución no tuvo éxito. Oribe defeccionó 
de Lavalleja y no le prestó su concurso á la revolu- 
ción y ayudó á Rivera á sostenerse. Esto le valió el 
ocupar la segunda presidencia be la República, para 
cuyo efecto trabajó Rivera. 

No dejaron de tener lugar las venganzas en aque- 
lla revolución y los prisioneros tomados por Rivera 
en Jupambay fueron ejecutados. 

Entre ellos se contaban á los Palomeques y otros 
oficiales que habían servido en la guerra de la inde- 
pendencia. 

Igual suerte corrió al general Dn. Félix Aguirre, 
ex-gobernador del pueblo de Misiones, que fue eje- 
cutado también por orden del general Rivera, bajo 
el pretexto del eminente peligro que corría la Patria, 
con la existencia de aquél caudillo, siendo por su 
orden fusilado al frente del ejéreito. 

Emigrados los que acompañaron á Lavalleja en 
aquella desgraciada cruzada al Brasil, aun hasta allí. 



— 33 — 

fueron perseguidos y encarcelados y aun asesinados 
algunos. 

La segunda presidencia, le fu i otorgada al general 
Oribe, sabemos ya, que en gran manera, por la in- 
fluencia de Rivera. 

El gobierno del general Oribe fu ' el reverso de la 
medalla del de Rivera.. 

Oribe, hizo una administración regular, sino acer- 
tada en política y en las relaciones exteriores, fué 
económica y de gran moralidad financiera. 

El general Rivera, habia sido nombrado Coman- 
dante General de la campaña y con esto, parecia, no 
querer desprenderse del mando, pues podia dispo- 
ner de todos los elementos turbulentos del inte- 
rior de la República. 

Tal vez habia sido una de las condiciones para sus 
trabajos por la presidencia de Oribe. 

Muy pronto se iba á palpar el fin que se reserva- 
ba con aquel nombramiento. 

Llovieron sobre Oribe, las continuas exigencias de 
todo genero y mas que todo, pecuniarias de Rivera, 
á las que el primero atendía en cuanto le era posi- 
ble, hasta que se colmó el abuso y fueron tan exage- 
radas las pretensiones, que Oribe se negó rotunda- 
mente á seguir más á Rivera 3n sus exigencias. 

Este fué el principio del desacuerdo completo en- 
tre estos dos caudillos, que tantos males iban á re- 
portar. para el país. 

Vino á reunirse á esto, Ta desaprobación de las 
cuentas de la administración de la Comandancia ge- 
neral de campaña por las Cámaras. 



— 34 - 


El general Oribe habia expresado á Rivera la ne- 
cesidad que habia de presentar esas cuentas, que es- 
te retardaba en hacerlo, dirigiéndole la siguiente 
carta: 


Sr. Brigadier D. Fructuoso Rivera. 

Montevideo, Setiembre 26 de 1836. 

Estimado señor general: 

Repetidas y apremiantes reclamaciones de las Ofi- 
cinas fiscales, me ponen en el caso de pedir á Vd. se 
sirva qompeler al Comisario de la Comandancia Ge- 
neral de armas de Campaña, á que rinda las cuentas 
correspondientes á los años 1834 y 35. Esto se hace 
urgente, é interesa no solo á la buena contabilidad 
de la República, sino al propio crédito de Vd. como 
persona altamente colocada en la administración na- 
cional. 

Creo tal omisión hasta hoy, efecto délas dificulta- 
des inherentes á toda administración en campaña, y 
por lo mismo, me intereso en que Vd. active la rémi- 
mision de esas cuentas, cuya indefinida demora, es 
incompatible con el absoluto acatamiento que el go- 
bierno rinde á la ley, ante la cual comparece con 
repetición á dar cuenta de sus actos mas insignifi- 
cantes. 

Deseo, pues, que salga de esa molestia con la bre- 



— 35 — 

vedad posible y que ordene á su atento S. 8. y 
amigo. 


Manuel Oribe. 


Bastaba esto para lo que vamos á narrar. 

Rivera se puso en armas contra Oribe decidida • 
mente, y la sangre Oriental ^volvió á correr nueva- 
mente en la lucha fratricida,que tanto debia prolon- 
garse y con la que se ha empapado tan infructuosa- 
mente el suelo natal. 

Después de varias peripecias y de algunos con- 
trastes recíprocos, entre las fuerzas del gobierno y 
las déla revolución, el poder de Oribe amenazaba 
.su descenso. 

Venia á complicar la situación, la parte activa que 
la Francia prestaba decididamente á Rivera, por 
que en guerra con Rosas, pretendia que el Gobier- 
no rompiese la neutralidad, que debia observar en 
caso semejante y como lo dispone el Derecho de 
gentes. 

El origen fue la venta de presas en territorio 
oriental, y el tono acre é insultante del Cónsul 
Baradere y del Almirante- Leblanc, al tratar con el 
Gobierno Oriental en aquellos momentos. 

Con aquella actitud y viendo que no podían tener 
un aliado en Oribe, en su guerra á Rosas, se aliaron 
á Rivera y este les prestó todo su concurso. 

La caída de Oribe, no debia hacerse esperar mu- 
cho, y al fin depuso el mando ante la 11. A. Ge- 



— 36 - 


neral, emigrando él y gran parte de los que habían 
formado su administración, á Buenos Aires, donde 
ejercía su despótico poder el dictador Rosas. 

Rivera triunfante concedió todo á los franceses y 
se declaró su aliado, contra aquel, declarándole la 
guerra. 

El Presidente del Senado había ocupado la Pre- 
sidencia por la renuncia del General Oribe, confor- 
me á lo prescripto poj* nuestro Código Constitucio- 
nal, pero el General Rivera asumió el mando y lo 
desempeñó bajo el título de General en Gefe del ejér- 
cito Constitucional. 

Estos fueron los principios de aquella guerra á 
muerte, que blancos y colorados habían de hacerse, 
con lo que tantos infortunios y desastres, habían de 
proporcionar á la patria y tantos dias de desolación 
y de luto. 

El General Oribe ofreció sus servicios al General 
Rosas-, cuando el General Lavalle, había invadido 
el territorio Argentino y amenazaba destruir el poder 
de Rosas. El General Rosas aceptó el contingente 
que Oribe y muchos de sus parciales le ofrecían y 
entró en operaciones contra Lavalle. 

Este es uno de los grandes errores cometidos por 
Oribe, pero que se esplica por el encadenamiento de 
los sucesos anteriores que hemos descripto. 

La campaña de Oribe contra Lavalle, dió por re- 
sultado el triunfo de aquel contra las fuerzas de éste, 
concluyendo con la muerte involuntaria y casual de 
Lavalle, lo que afirmó el poder de Rosas. 

Entre tanto en el Estado Oriental tenía lugar la 



— 37 — 


invasión del General Echague, al frente de un fuerte 
ejército de la Confederación. 

El General Lavalleja se habia incorporado á 
Echague. 

Rivera se aprestó á reunir gente para rechazar 
aquella invasión, y en los campos deCagancha, se 
dió una batalla que fué adversa á Echague y á La- 
valleja, habiendo sido derrotados completamente por 
Rivera. 

Rivera después de este suceso, buscó el medio de 
terminar las diferencias con Rosas, pero no pudo 
alcanzar ningún resultado. 

Después de la desgraciada campaña de Lavalle en 
que tan infausto fin tuvo, el General Oribe invadia el 
Estado Oriental con el ejército con que habia ven* 
cido á Lavalle, para destruir el poder de Rivera. 

El dia 6 de Diciembre de 1842 tuvo lugar la ac- 
ción del Arroyo Grande, en que quedó vencedor 
Oribe, después de un reñido combate. Oribe se diri- 
jió entonces en dirección á la Capital y el 16 de Fe- 
brero de 1843, tomaba posesión del Cerrito de la 
Victoria; saludando á la ciudad con una salva de 
veinte y un cañonazos; estableciendo el sitio que 
habia de durar casi como el de Troya. 

Es una de las cosas que no es posible esplicar fá- 
cilmente, porque el general Oribe, una vez triun" 
fante en el Estado Oriental, no intentó tomar la 
Capital, y la esplicacion única que debe hacerse 
es que la voluntad de Rosas, fué la de que no se 
intentase su ataque y con esto arruinar al Estado 
Oriental, sacando ventajas de esa ruina la Confe- 



deracion; y el general Oribe fué tan ciego que no 
vió aquella causa y le prestó servil obediencia,quien 
como él lo había afirmado en el poder destruyendo 
á Lavalle: Fuó pues el instrumento de que Rosas 
se sirvió para arruinar á este país. 

Esta es la verdad histórica. 

El sitio que impuso á Montevideo, fué una de las 
mas terribles épocas porque ha atravesado la Re- 
pública. Las violencias y exacciones poruña parte; 
las faltas, errores y aún crímenes por otra, amena- 
zaban á este país de correr el riesgo inminente de su 
anulación completa como estado soberano. 

Nunca se ha visto en país alguno una época de 
mayor desolación y peligro. 

Todos los dias en los nueve años y medio, se li- 
braban combates e;i las trincheras que eran verda- 
deras batallas, y la sangre, corría á torrentes y los 
hospitales se llenaban de heridos. Se hacia gala de 
un entusiasmo y valor entre sitiadores y sitiados 
por el partido que sostenian, que rayaba en lo in- 
creíble, y se disputaban el premio de la victoria 
muchas veces con la vida. 

Habria para estampar muchas páginas de palpi- 
tante heroísmo, si no hubiera sido en lucha fratri- 
cida é infructífera. 

No podemos mas que á grandes rasgos trascribir 
stos sucesos para alcanzar á nuestro fin. 

Ocupémonos ahora de lo que pasaba en la plaza 
sitiada. 

Los hombres que estaban adentro délos muros 
de Montevideo se dividían en dos fracciones: una 



— 39 - 


conocida por Riveristas y la otra por amigos de los 
porteños, ó aporteñados, como se les llamaba en- 
tonces. Rivera que habia sido desgraciado en su 
campaña contra Oribe, había pretendido volver á 
Montevideo, y en la rada, no se le permitió desem- 
barcar. Los que se oponían á ello eran los que for- 
maban el círculo aporte ñado. Una revolución san- 
grienta tuvo lugar en abril de 184G, en que corría 
la sangre de Estiváo,Vedia y otros y en que triunfó 
el partido Riverista. En esa ocasión, Pacheco y Ce- 
sar Diaz escaparon milagrosamente de la zaña de los 
vence lores, ganando á los Consulados. Rivera, dueño 
de la situación, pretendió poner en pié un sistema de 
rigorismo contra los que lo eran desafectos, pero 
los momentos eran tan apremiantes y eran tan ne- 
cesarios los esfuerzos de todos, que se dejó conducir 
por los consejos de sus amigos y moderó sus preten* 
sienes. Se organizó una nueva ospedicion de laque 
el general Rivera debia dirigir al pueblo do Mal" 
donado. En ese punto sufrió un sitio en quo se hizo 
insoportable -su permanencia y sosten do aquel pun- 
to. Rivera do motu propio, pretendió abrir confe- 
rencias con Oribe sobro pacificación, y sin conoci- 
miento del Gobierno do Montevideo, las quo fueron 
infructuosas. Apercebido el Gobierno do o$to,tomó 
las medidas que, van á verse. El triunfo dol partido 
de Rivera duró poco; la contra revolución so hizo 
encabezada por el General Martínez próximo pa- 
riente do Cesar Diaz, por ésto, Pacheco y otros del 
círculo aporteñado, y A los principales Riveristas 
se les redujo A prisión. 



— 40 - 


El destierro del General Rivera y su prisión en 
Rio Janeiro fué la obra de aquel círculo; destierro y 
prisión que duraron hasta la conclusión de la guer- 
ra del asedio. 

Hé aquí el documento á que nos referimos: 


Acuerdo de destitución y destierro del Brigadier 
General Dn. Fructuoso Rivera. 


Montevideo, Octubre 3 de 1847. 

Teniendo presente que el Sr. Brigadier General 
Dn. Fructuoso Rivera está en comunicación con el 
enemigo que asedia el pueblo de Maldonado, y ha 
abierto negociaciones sin autorización de ninguna 
especie y de un carácter alarmante, por el tenor de 
su comunicación confidencial á S. E. el Sr. Pre- 
sidente, se vé que el objeto del enemigo, no es otro 
que obtener la entrega de aquel punto y su guar- 
nición, haciendo para conseguirlo proposiciones de 
interés personal para el citado General: — Conside- 
rando; que este hecho se halla corroborado y aún 
esplicado por las disposiciones hechas ante el P. E. 
reunido en consejo de Ministros, y con asistencia de 
los Sres. Presidentes de la H. A. de Notables y 
Consejo de Estado, por el Sr. Comandante D. Juan 
de la Cruz Ledesma, y Capitanes Dn. León de Pa- 
lleja y Dn. Apolinario Sánchez, según acta labrada 
en 29 de Septiembre próximo pasado y depositada 



41 - 


en el Ministeri o de Gobierno, y las comunicacio- 
nes que al Gobierno se le hacen con orígenes, cuya 
respetabilidad no puede desatender, aunque sean de 
un carácter reservado y no tengan el de la concor- 
dancia; no pudiendo el Gobierno, en tal caso, conti- 
nuar prestando al Señor General Rivera, la confian- 
za que le hizo acreedor á que se le encargase de 
aquel punto y mando de la fuerza que la guarnece; 
y siendo urgente proveer á su reemplazo, tomando 
al mismo tiempo todas aquellas medidas de seguri- 
dad y buen gobierno que sean necesarias; y final- 
mente, debiendo el Gobierno tomar todas las pre- 
cauciones posibles para que la alteración del orden 
y la tranquilidad pública, no pongan en conflicto su 
autoridad, comprometiéndose de ese modo los mas 
caros intereses de la República, que dependen de la 
eficacia y vigor con que se haga la defensa de esta 
Capital; el P. E. en Consejo de Ministros, con asis- 
tencia de los Sres. Presidentes de la H. A. de No- 
tables y Consejo de Estado, ha acordado: 

1. ° Que el Sr. General Dn. Fructuoso Rivera sea 
destituido del mando de la guarnición que defiende 
del pueblo de Maldonado, y se entregue á quien el 
Sr. Ministro de la Guerra y Marina considere mas 
conveniente. 

2. ° Que al efecto dicho señor Ministro se traslade 
á aquel punto, con amplias facultades para hacer y 
deshacer en todo lo quesea necesario á la seguridad 
de la defensa y mejor gobierno de su guarnición, 
aquello que considere mas conveniente. 

3. ° Que el Sr. General Rivera sea inmediatamente 



— 42 - 


sacado de aquel destino, y mandado para puertos 
extrangeros , dándole una pensión de seis cientos pe- 
sos mensuales, entregados en el paraje que elija pa- 
ra su residencia, debiendo durar este estranamiento 
hasta que dure la presente guerra. 

4. ° Que en previcion de los acontecimientos que 
puedan tener lugar, que el Sr. Ministro vaya acompa* 
ñado de una fuerza de infantería, bastante para ro. 
bustecer la acción del gobierno y no permitir se 
falte á la moral de la guarnición. 

5. ° Que con este objeto se apronte un buque de 
guerra y se ponga á la absoluta y esclusiva dispo- 
sición del Sr. Ministro. 


JOAQUIN SUAREZ. 

Manuel Herrera, y Obes. 
Lorenzo Batlle. 
Brunos Mas. 


Las causas para este destierro se fundaban, en 
que el General Rivera desde Maldonado, cuya de- 
fensa le había sido encomendada por el Gobierno, 
como hemos dicho, se había puesto en comunicación 
y arreglos de paz con el General Oribe. 

Aunque así era en efecto; la separación del man- 
do del ejército y su destierro había sido ya acor- 
dado; la revolución de Abril de 1846, hecha por 
n spiracion de su esposa misia Bernardina, y en- 



— 43 — 

cabezada por los sargentos Ramiros y Baes la ha- 
bían retardado. 

Pero prevalecían tanto afuera como adentro la 
influencia de los intereses que se disputaban en la 
Confederación, y si Oribe estaba sugeto á Rosas, 
había un partido adentro, que estaba completamente 
ligado á los emigrados argentinos. 

Los intereses vitales de este país y las convenien- 
cias délos Orientales, que eran hacer la paz á todo 
trance y no arruinarse, estaban segregados. 

El General Flores, intentó posteriormente enten- 
derse con el General Oribe y hacer la paz entre los 
Orientales, y al efecto, se trasladó al campo enemigo 
y conferenció con dicho General, y se hubiera lie - 
vado á efecto uu arreglo que nos hubiera evitado de 
muchos males, sin la obcecación del General Oribe, 
que persistió en no abandonar la alianza de Rosas 
y las confiscaciones. 

Tal vez el General Oribe estaría dispuesto á en- 
trar en arreglos , pero sus malos consejeros y la 
'esconfianza de que las fuerzas argentinas que 
formaban parte de su ejército, opusieran resisten- 
cia, le impondrían cometer un acto que hubiera 
salvado á su. Patria, y le hubiera hecho justificar 
de muchos de sus grandes errores. 

Al fin el sitio debía tener su término. 

El pronunciamiento del General Urquiza contra 
Rosas; y la parte que tomó el Brasil en la cuestión, 
decidieron aquella situación, que parecía prolongar- 
se indefinidamente causando males infinitos. 



— 44 


Era una especie de nudo gordiano que debía cor- 
tarse en un instante. 

Bastó que el General Urquiza se declarase abier- 
tamente contra la barbárie de Rosas, para ver su 
ejército robustecido con millares de ciudadanos que 
de todas partes acudían voluntariamente. 

El General Lirquiza pasó con su ejército al Estado 
Oriental qara batir á Oribe, antes de entrar en ope- 
raciones contra el poder de Rosas. 

Y sucedió en aquella campaña lo que debía suce- 
der. Todos los Gefes con sus divisiones que servían 
á la causa de Oribe.se pasaron á Urquiza y engrosa- 
ron sus filas. Se esplica fácilmente esto: estaban 
cansados de la guerra. Nueve años y medio de sitio 
y los proyectos de pacificación, que se habían ini- 
ciado y que habían quedado en nada, en aquel largo 
interregno; la idea consciente de que Rosas solo 
pretendía arruinar al Estado Oriental, pues había si- 
do el obstáculo para todo arreglo, debían producir 
aquel resultado. 

Sin disparar un solo tiro, Urquiza, con su ejército 
llegó a las faldas del Cerrito, donde solo á Oribe le 
habían quedado los batallones Argentinos; todos 
los Orientales, salvo muy raras escepciones, lo ha- 
bían abandonado. 

Al fin lució la paz en el territorio Oriental, des- 
pués de algunas negociaciones entre los generales 
Urquiza y Oribe, con prescindencia completa de 
Rosas bajo la base de que no había vencidos ni ven- 
cedores. 

- Así concluyó aquel largo asedio que arruinó á 



— 45 - 


la República, y que le ocasionó tantas desgracias y 
tantos desastres, habiendo sido uno de los muchos 
episodios que mayores males produjeron, y que tan- 
tos sacrificios y existencias costaron. 


III * 

Vamos, después de este ligero estudio histórico 
de nuestros sucesos, que hemos creido indispensa- 
bles consignar, á entrar en una nueva série de los 
los acontecimientos que tuvieron lugar después de 
hecha la paz de 1851. 

Habia terminado la guerra como hemos dicho, 
después de haberse apurado todos los sacrificios y 
de costar tanta sangre. 

Parecía que todo el país, anhelaba el dulce sosie- 
go y que el iris de paz y de concordia, iban á irradiar 
con esplendente luz por todos los ámbitos de la Re- 
pública por mucho tiempo. 

Los Orientales sin distinciones odiosas, parecían 
que se confundían en fraternal abrazo, y que los 
males pasados los hubieran aleccionado y les sirvie- 
sen de esperiencia, para no romper los vínculos que 
los unían á la misma Patria y los sagrados deberes 
para con ella. 

Las formas constitucionales se restablecieron y 
la elección presidendial recayó, en uno de los ciuda- 
danos mas virtuosos de este país, D. Juan F. Giró. 

Las Cámaras las componían las personas mas in- 
teligentes de ambos partidos. 



— 46 — 


La administración publica estaba desempeñada 
por personas idóneas y competentes; y el Sr. Giró 
llamó para desempeñar las Secretarías de Estado á 
los más inteligentes. 

En la obra de reconstruir el pais, tenia necesidad 
de todas las fuerzas y elementos capaces de servir 
para ese fin. 

Era necesario rehacer todo, pues todo estaba en el 
desquicio ó on la desmoralización, que trae consigo 
una prolongada guerra. 

El Sr. Giró animado de los mejores sentimientos 
por la suerte de su pais, hacia todo lo que humana- 
mente era posible, por radicar la paz y poner en vi- 
gor nuestras instituciones y el imperio de las leyes. 

Pidiendo permiso á la H. A. General, hizo un 
paseo por todos los Departamentos de la República 
para conocer sus necesidades y atenderlas según sus 
prerogativas y facultades, quedando como es de 
práctica, el Vice-Presidente, en el cargo del P. E. 

Durante su administración, tuvo lugar la caída de 
Rosas después del combate de Monte Caseros, en 
que fué derrotado su ejército por las fuerzas de 
Orientales, Brasileros y Argentinos, mandadas por 
Urquiza. 

Vuelto el Sr. Giró de recorrer la campaña, tomó 
el mando nuevamente, habiendo sido su escursion 
la más benéfica en resultados para los Departamen- 
tos. 

Al hacerse cargo nuevamente del P. E. halló ya. 
el espíritu de insubordinación y de inobediencia que 
había abierto gran camino en la capital. 



- 47 — 


Una inerte oposición en las Cámaras, violentas y. 
acaloradas discusiones entre los Representantes, y 
en la prensa, presagiaban todo una tempestad que 
nuevamente iba á herirnos, en aquellos momentos 
tan peligrosos para la República. 

Aquellos temores eran fundados. 

Empezó el Gobierno del Sr. Giró, á encontrar 
dificultades á cada paso, y era-poco el tiempo que 
tenían sus Ministros, para responder á las interpela- 
ciones continuas que le hacian las Cámaras. 

El Sr. Giró modificó su Ministerio y entró el (\e~ 
neral Flores á formar parte de él, como Ministro de 
la Guerra. 

El 18 de Julio de 1853, diaenque se festeja la jura 
de la Constitución, y en que formaban los Guardias 
Nacionales en la calle del Rincón, y cuando el go- 
bierno ibaá asistir á un Te-Deum, el coronel Palle- 
jacon su batallón, se pronunciaba, y la revolución 
estallaba, haciendo fuego contra los Guardias Na- 
cionales que formaban y que estaban sin municiones. 

Tres descargas seguidas fueron bastantes para 
dispersarlos, haciendo algunas víctimas y guare- 
ciéndose los quehuian, en las casas próximas. 

El gobierno del Sr. Giró había caído con aquel 
motín. 

Caído el Sr. Giró, se formó un triunvirato del 
que formaban parte el general Rivera, que per- 
manecía aun en el Brasil, después de su destier- 
ro, del general Lavalleja, y del general Flores. La- 
valleja murió de repente, en el despacho de Gobier- 



— 48 - 


no; el general Rivera murió también antes d e alcan- 
zar á la capital, quedando Flores en el poder. 

Fueron nombradas uuas Cámaras dobles, quie- 
nes nombraron á Flores Presidente de la República. 

El general Pacheco, que habia figurado como uno 
de los principales en la revolución hecha á Giró, y 
sus amigos del círculo conservador, quedaron pos- 
tergados en todo ese tiempo, falleciendo poco tiem- 
po después aquel general en Buenos Aires. 

Este jefe habia sido uno de los que más habian 
figurado en el asedio, y á él se debió en gran parte 
el sosten de la plaza sitiada. 

Una vez Flores en el poder, el círculo conserva- 
dor, que antes habia sido conocido por aporteña- 
do, empezó una violenta oposición contra su go- 
bierno. 

Todos sus actos eran comentados, todos sus he- 
chos ridiculizados y su desprestigio, crecía por mo- ' 
mentos, ante aquella cruda guerra que se le hacia. 

Flores presentía su caída. Con motivo de una reu- 
nión habida en casa del Sr. D. José M. Muñoz, que 
tomaba un carácter alarmante, Flores en persona 
quiso disolverla, pero tuvo que desistir, pues los 
gritos y apostrofes que se le dirigieron fueron de tal 
carácter, que retrocedió sin conseguir su objeto. 

La casa del Sr. Muñoz estaba llena de todos los 
desafectos al gobierno del Sr. Flores. 

Al fin debía estallar la revolución. El 25 de Agos- 
to de 1855, del se pronunciaba el cuerpo de artillería 
que existia y el partido conservador se ponía en 
armas. 



Flores á la una del dia salia de su casa, para la 
campaña acompañado de algunos ayudantes. 

Muy pronto reunió alguna gente y se aproximó á 
la Capital. 

Oribe que estaba ábordo en el puerto, de su viaje 
á Europa, y á quien no se le permitia desembarcar, 
le fué otorgado el que lo hiciese. 

Los conservadores se unieron con una fracción 
de los blancos bajo el titulo de unión liberal, y Flo- 
res y su 'círculo con otra fracción, y de ahí dimanó 
el pacto con Oribe. 

Una comisión compuesta de personas respetables 
quisieron poner los medios de evitar la efusión de 
sangre y trasladándose al campo en que estaba 
Flores, entablaron negociaciones de paz, las que 
tuvieron buen éxito. 

Entraba en ese arreglo la separación del General 
Flores del Gobierno y que entraña á ejercerlo el 
Vice-Presidente de la República. 

Esto privó momentáneamente el que corriese 
nuevamente la sangre Oriental. 

Pero los horizontes estaban poblados de nubes 
sombrías, y presagiaban una terrible tempestad que 
debia ocasionar tantas desgracias. 

No se hizo esperar mucho. 

Tres meses después en Noviembre de aquel mismo 
año, las azoteas de la casa de Gobierno y las de los 
alrededores, aparecieron dominadas por los revolu- 
cionarios. Aquella revolución era encabezada por 
D. José M. Muñoz. 



— 50 - 


Flores y Oribe se pusieron de acuerdo y decidie- 
ron sostener á la autoridad. 

Todo se aprestó á la lucha y muj luego Montevi- 
deo fué el teatro de grandes desgracias. 

Un fuerte tiroteo en que se cruzaba una lluvia de 
balas, en medio de la mayor consternación de los 
habitantes de esta ciudad, mantuvieron por espacio 
de algunos dias, los ánimos enardecidos por la lu- 
cha, contando una porción de víctimas entre los 
revolucionarios y Gubernistas. La resistencia de los 
revolucionarios era persistente, pero poco á poco 
sus medios de hostilidad fueron disminuyendo, y 
estrechados cada vez mas, no tuvieron mas remedio - 
que entrar en arreglos. 

Propusieron una transacion y en consejo del 
Gobierno y de los Generales Oribe y Flores, preva- 
leció la opinión de que se les otorgase el trasladarse 
á los gefes revolucionarios á Buenos Aires. 

Flores fué de idea de que se desechase toda pro- 
posición y que se castigasen a los culpables, hacien- 
do un ejemplar castigo con ellos, pero prevaleció la 
opinión del arreglo. 

Embarcáronse Muñoz y otros para Buenos Aires. 

Fué aquella revolución uná de las mas sangrien- 
tas que cuenta nuestra historia, y aun hoy se trae á 
la memoria con triste recuerdo. 

No por haber vencido el gobierno, dejó aquel 
círculo de proseguir en sus trabajos revolucionarios, 
y aun atentaba contra las personas. 

Una noche estando en su casa D. Manuel B. Bus- 
tamante que ejercia, como hemos dicho la Presiden- 



— 51 — 


cía, por una de las ventanas de la sala, le dispararon 
algunos tiros que pusieron en consternación á la 
familia. ¿ 

Felizmente no ocasionaron desgracias. 

La elección Presidencial se acercaba y los parti- 
dos se aprestaban para la lucha. 

El círculo conservador presentaba como candi- 
dato para aquel puesto á César Diaz y lo amparaba 
y prestigiaba el Gobierno que dominaba á Bue- 
nos Aires, separada entonces del resto de la Con- 
federación, con quien estaba en ardiente lucha; y 
los generales Oribe y Flores, con sus partidarios, 
presentaban y sostenían la candidatura del ciudada- 
no D. Gabriel A. Pereira. 

Los momentos eran peligrosísimos, en que iba á 
jugarse tal vez el porvenir de la República, en esa 
elección. 

f 

Dados los elementos turbulentos que dominaban: 
el espíritu ciego de la revuelta, inveterado en el país 
desgraciadamente, sise hubiese producido un nuevo 
desorden, nos hubiera llevado al precipicio de nues- 
tra total ruina. 

Ya en aquellos momentos tratóse de alterar el or- 
den nuevamente, con elementos que les ofrecían los 
revoltosos de Buenos Aires, y los medios y recursos 
no escaseabau para ese íin, poniendo su concurso el 
mismo Césaí Diaz y sus parciales. 

Una reunión de italianos tuvo lugar, que tomó un 
carácter alarmante, y que bajo el pretesto de un 
reclamo al Gobierno, debía producirse un desór- 



— 52 — 

den: ella había sido urdida bajo la influencia de 
aquel círculo. 

Felizmente no tuvo resultado y se disolvió antela 
actitud resuelta que el gobierno asumió en aquellas 
circunstancias. 

Se vivía entre temores y peligros en aquellos acia- 
gos momentos. Las amenazas mantenían la alarma 
y la zozobra en el ánimo de todos, y parecía que no 
íbamos á salir de aquella penosa situación., sino para 
caer en otra peor. 

Al fin llegó el dia señalado para la elección presi- 
dencial y esta recayó en el ciudadano D. Gabriel A. 
Pereira. 

Este ciudadano había tributado señalados serví- 
cios á su patria, desde la guerra de la Independencia. 

Estaba retirado hacia algún tiempo á la vida pri- 
vada y había accedido después de muchas resisten- 
cias á la iniciativa de dichos generales. 

En lo que va en seguida se verán los motivos que 
lo animaron á decidirse para ocupar aquel puesto. 

Dice así: 

«Debo manifestar los motivos que me indujeron á 
prestarme como candidato para ocupar la Presiden- 
cia de la República, á fin de que se conozcan las mi- 
ras que me condujeron á tomar una resolución tan 
contraria á mis deseos y que en ningún sentido podía 
alagarme. 

Vamos á los hechos. 

Después de los incidentes de Agosto y Noviem- 
bre de 1855 de infausto recuerdo, sin traer á consi- 
deración lo ocurrido en Julio de 1853, en que se der- 



— 53 - 


ribo la Presidencia del Sr. Giró, bañando las calles 
como en Noviembre, con la sangre de Orientales, por 
causas que á mi no me es dable avaluar, aunque sí 
tendré siempre el sentimiento de que se haya ver- 
tido en lucha civil, el pais atravesaba por una situa- 
ción de las más terribles. 

Bien se sabe que en todo Febrero (1856) se había 
puesto la capital en estado de alarma, pues no solo 
las fuerzas de la guarnición permanecían acuartela- 
das, sino que se habían hecho venir de los Depar- 
tamentos las Guardias Nacionales que se acantona- 
ban en diferentes puntos, extramuros de la ciudad. 
Estando también en armas la Guardia Nacional de 
la Capital y de la Union, ésta al mando de su co- 
mandante Botana. Todas estas fuerzas se hallaban 
bajo las órdenes del Sr. Brigadier General D. Ve- 
nancio Flores. 

Tal era el aspecto que presentaba la capital, en 
momentos que se agitaba con gran ardor la elección 
para la Presidencia déla República. 

Enteramente ajeno á la política, muchos años an- 
tes, á esa época, residía en mi quinta, cuando una 
mañana me anunciaron de visita á los generales 
Oribe y Flores. 

Debo hacer notar que al primero no lo había vis- 
to hacia unos diez y siete años, ni tratado, n\ aun 
tenido relaciones por escrito en todo ese tiempo. 

Recibí á estos señores con la mayor urbanidad y 
después de los cumplimientos de estilo, me declara- 
ron que me venían á ver para pedirme me prestara 
á ser candidato para la Presidencia, dando por mo- 



tivo que seria el único medio de privar las desgracias 
que amenazaban al pais, si llegaba á realizarse la 
elección del general Diaz, que era por quien traba- 
jaban con gran empeño, los que habian sido auto- 
res de los sucesos desgraciados que he referido, y 
que si no me prestaba á hacer ejste servicio que es- 
tallaría la guerra civil. Me negué abiertamente á 
estas indicaciones, declamándoles que de ningún 
modo admitiría un destino que estaba cierto-no po- 
dría desempeñar con todo acierto, consiguiendo ra- 
dicar la paz pública como único medio de salvación, 
y que para establecerla, seria necesario apurar mu- 
chos sacrificios y pasar por grandes pruebas para 
reprimir los desórdenes, y arrancar de una vez con 
aquel estado de continua perturbación, en que vi- 
víamos, desde nuestra emancipación política y que 
amenazaban nuestra ruina completa v la pérdida 
al fin de nuestra autonomía. Y que para llegar áese 
fin, era necesario que el gobierno que se estableciese 
no desplegase otra bandera que la nacional, y que lla- 
mase á todos los orientales ála obra común de sal- 
var á la patria, en eminente peligro, por tantos des- 
aciertos políticos y desórdenes consecutivos; que ha- 
bía otros ciudadanos mas jóvenes y más capaces, que 
podían ser mas útiles y entre ellos, podrían encon- 
trar quien pudiese presentar mejor consurso que el 
mió. 

Los citados Generales insistieron en que debía 
tributar este último tributo á mi país, y que solo yo 
podría cortar los males que amenazaban á la Repú- 



— 55 - 

blica, pues que mi persona no ofrecia resistencias 
de ningún género, 

Pedíles en fin, algún tiempo para reflexionar, 
retirándose después. 

Algunos dias transcurrieron, y después de haber 
reflexionado, cambiamos las siguientes cartas: 

Señor D. Manuel Oribe. 

Quinta, Enero 28 de 1856. 

Querido compadre: 

Después de haber meditado mucho sobre mi acep- 
tación al distinguido honor de ocupar el puesto de 
la Presidencia en las actuales críticas circunstan- 
cias que atraviesa nuestro desgraciado Pais; — he 
resuelto definitivamente no aceptarlo, porque com- 
prendo se necesita un hombre más joven para afron* 
tar con frente serena y ánimo inconmovible, los de- 
sastres que han ocasionado nuestros trastornos po- 
líticos en nuestra desventurada Patria. En mi lar- 
ga carrera pública, sabes bien que jamás he sido 
llamado á ocupar destinos públicos, sino contra toda 
mi voluntad, y he accedido solo porque creia que po- 
día ser útil á la Patria. 

Hoy debo aspirar al descanso y al retiro ya, cuan- 
do por mi edad y mi cansancio y fatiga, por tanta 
desgracia porque hemos pasado, comprendo que po- 
co seria el contingente que podría ofrecer para la 
salvación déla Patria. 



— 56 — 


Así es que te pido y te suplico que se fijen en otra 
persona que reúna otras condiciones que las mias 
para realizar esa obra, y me dejen gozar de mis úl- 
timos dias en el dulce hogar doméstico y entre mi 
familia. 

Te desea toda felicidad, tu buen amigo y com- 
padre: 

Gabriel A. Pereira. 


Sr. don Gabriel A. Pereira. 

Union, Enero 29 de 1856. 

Mi muy querido compadre: 

Recibí tu afectuosa capta de ayer, por la que veo 
tu insistencia en no aceptar nuestros trabajos por tu 
persona, para que ocupes la Presidencia de la Re- 
pública. 

Es preciso que te convenzas que es imposible de 
todo punto que declines en no aceptarlos, porque 
en tí se estrechan todas nuestras esperanzas, y la 
Patria precisa de nuevo tus servicios. 

Nadie mejor que tu persona para los difíciles mo- 
mentos que atravesamos, y toda la confianza de la 
paz se espera de tu nombramiento. 

¿Qué será de este desgraciado país si no aceptases 
la Presidencia? 

Te has hecho cargo bien, de todos los elementos 
que están en pié de desorden y de desmoralización: 



- 57 — 

—¿quién podría detenerlos mejor que tú, que siem- 
pre has sido respetado por todos los partidos, por 
tu patriotismo y probidad? 

Además tu posición social independiente — tu for- 
tuna considerable; tus grandes servicios á tu Pátria 
— son cosas que no se encuentran entre otros, que 
podrían ser útiles— pero que no gozarían de las 
mismas consideraciones que nos mereces. 

Asi es, que desengáñate: la tranquilidad que anhe- 
las en el seno de la familia y en el retiro, no la ha- 
llarás porque serás también arrastrado por el desor- 
den que amenaza hundir al País en el abismo. 

Resígnate á prestar este último y grande servicio 
á la Pátria— que tanto lo precisa — y cuenta con 
nuestra cooperación para mantener la paz pública. 

Con mis respetos á la familia dispon del afecto de 
tu compadre y buen amigo 

Manuel Oribe. 


Sr. General D. Venancio Flores. 

Mi apreciado General: 

Comprendo bien el noble interés de que Vd. se 
halla poseído, por ver salir de la desgraciada situa- 
ción que atraviesa nuestra desgraciada Pátria. Tan 
larga carrera de infortunios y desórdenes, como se 
han desencadenado sobre nuestro País, nos disponen 
á los que hemos trabajado tanto por su indepen- 
da y libertad — y que tantos sacrificios nos han eos- 



— 58 — 

tado conquistar— á no ahorrar todos los esfuerzos 
posibles para la realización de nuestros propósi- 
tos; esto es un deber. 

Pero para salvar al Pais— dado los elementos de 
desorden que lo aniquilan y que lo arruinan— que no 
le dan tiempo de respirar, -y que lo agobian con 
continuas exacciones revueltas; se requiere una 
fuerza de voluntad en el mandatario y una energia 
probada, para tomar sobre sí, las mas enérgicas me- 
didas que pongan dique á todos los desórdenes, que 
han labrado el infortunio de la Patria, y que mantie- 
nen en continua zozobra á sus habitantes. 

Por mi edad y mi cansacio— aunque jamás rae 
negaria á hacer todo sacrificio por mi País- - 
comprendo bien que no soy el hombre á pro- 
pósito para afrontar tan difíciles circunstancias: se 
necesita mas vigor que se encontrará en compatrio- 
tas mas jóvenes, que deben en estos momentos de 
suprema prueba para el País — disponerse á ofrecer á 
la Pátria, lo que sus padres le dieron en otros dias, su 
fortuna, sus sacrificios, y su existencia. Asi estoy 
firmemente decidido á cooperar solo particular- 
mente á la salvación del País, dentro de la esfera de 
mis esfuerzos y de mi voluntad, declinando el honor 
que se me hace al presentar mi candidatura á la 
presidencia de la República. 

Saluda al Sr. General con toda amistad. 

S. S. Q. S. M. B. 

Gabriel Antonio Pereira. 

Quinta, Enero 29 de 1856. 



— 59 — 


Sr. D. Gabriel A. Pereira. 

Montevideo, Enero 30 de 1858. 

Mi distinguido paisano y amigo: 

He tenido el honor de recibir su afectuosa carta 
de fecha 29 del corriente. Por ella me informo de 
que Vd. declina el que presentemos y sostengamos 
su candidatura á la Presidencia de la República. 

Son tan críticos los actuales momentos porque 
atraviesa el Pais,y se hacen tan necesarios los esfuer- 
zos de todos sfts buenos hijos, para arrancarlo de 
esta deplorable situación, que so hace indispensable 
que haga Vd* este nuevo sacrificio en pro de la Pa- 
tria, por quien Vd. tanto hizo Es preciso que haga 
Vd. este nuevo sacrificio, sí; porque solo el prestigio 
de su nombre, de su acrisolado patriotismo y hon- 
radez reconocida, son capaces de sacarnos de tan 
i rible cáos. 

Solo su presencia en el poder es lo único que pue- 
de alcanzar ese fin y laudable objeto. / 

Asi es que ante la Pátria, y por ella, y en su nom- 
bre, pido á Vd. quebrante su voluntad y lo preste es- 
te servicio tal vez el mayor y mas grande y señalado 
que le haya prestado. 

Con tal motivo me es grato saludarlo y repetirme 
su amigo y compatriota Q. 13. S. M. 


Venancio Floros . 



Continuaron viendome después, con muchas otras 
personas, entre ellas, Senadores y Representantes, 
hablándome en igual sentido, que era necesario no 
persistiese en no cambiar de resolución, y que debia 
animarme á rendir aquel último tributo á mi Patria, 
que sino iba á verse envuelta en nuevos desastres y 
degracias de las que ya habia sufrido. 

Ant'e estas consideraciones y meditando mucho 
sobre esto, viendo que la mayoría del país exigia de 
mí este nuevo servicio por mi pátria, y solo por 
ella, me decidí al fin á prestarme á que trabajaran 
por mi candidatura, dando al público un programa 
en que demostraba la marcha que iba á iniciar y 
seguiria, dado el caso de ser electo ]fara la Presi- 
dencia de la República.» 

Dispuesto pues á ofrecer su bienestar y todo su 
contingente en holocausto de la tranquilidad del país, 
y á no rehusarle sacrificio alguno por arrancarlo de 
aquella situación; y convencido de que si no aceptaba 
el poder, nuevos desórdenes amenazaban á la Repú- 
blica, lo determinaron á dar al pueblo el siguiente 
programa: 

\ 

PROGRAMA 

DEL CIUDADANO DON GABRIEL ANTONIO PEREIRA 

« Hay épocas solemnes en la vida de los hombres, 
en las que imprescindibles consideraciones les obli- 
gan á no romper el silencio que su posición les im- 
pone y que estaban dispuestos á guardar dejando la 
palabra á los sucesos:— pero llega un instante en 



— 61 - 


que ese silencio podría ser mal comprendido ó in- 
terpretado, y entonces es deber de cada uno, decir en 
alta voz la verdad; presentarse á los ojos de todos 
con los antecedentes y principios y con la bandera 
que se propone enarbolar. 

Público y notorio es, que ahora ni nunca, aspiré á 
ocupar posiciones elevadas en mi País y también es 
notorio que las he desempeñado siempre sin solici- 
tarlas, y Con toda la dignidad, con toda la indepen- 
dencia,- y con toda la honradez y civismo que ellas 
requerían. 

No me toca á mí decir ni hacer el panegírico de 
los servicios y méritos que haya contraido al llama- 
do de la Pátria en graves y espinosas circunstan- 
cias. Creía cumplir con mis deberes de ciudadano 
sacrificando gustoso en aras del bien común, mis 
conveniencias, mi tranquilidad y mis intereses par- 
ticulares. 

Tengo la íntima convicción de haber hecho cuan- 
to estaba en mi mano para justificar la confianza 
con que me honraba el pueblo. 

En el presente caso, — lo saben hasta aquellos que 
presumen ignorarlo— no he dado un paso ni el mas 
mínimo para optar á la Presidencia de la Repú- 
blica. 

Mi candidatura ha sido iniciada por algunas per- 
sonas que antes tenia el derecho de considerar mas 
bien como adversarios políticos que como amigos. 

Al punto á que han llegado los hechos y plantea- 
da la cuestión como está — he debido inclinar mi 
frente al voto unánime de los que ven en mi candi- 



datura una prenda de paz, de unión, de estabilidad 
y de mejor porvenir para la República. 

He debido hacer este último sacrificio en el úl- 
timo tercio de mi vida en obsequio á mi País y á 
mis compatriotas, cuando solo ambicionaba des- 
pués de terribles desgracias públicas como privadas 
la calma honesta y apacible del hogar doméstico; — 
cuando mis antecedentes, mi carácter y mi fortuna, 
me impulsaban á alejarme del terreno incandescen- 
te de la política; cuando comprendiendo las. dificul- 
tades de la situación, veo mil escollos que nos ro- 
dean pero está por medio la salud de la Pátria 

y no seré yo quien le- vuelva jamás las espaldas en 
la hora suprema del infortunio. 

Téngase entendido, no obstante, que ni aun hipo- 
téticamente he aceptado compromisos que hiciesen 
nula la autoridad una vez instalado en el poder. 

Entiéndase también que si mereciese el honor de 
ser electo para el primer destino de la República — 
todos mis actos se sujetarían á la Constitución, á las 
disposiciones de las Honorables Cámaras y á mis 
consejeros responsables. De otro modo, ¿cómo po- 
dría asumir la gran responsabilidad de mis actos y 
ofrecer garantías á todos de imparcialidad, protec- 
ción y justicia? No; es preciso que el brazo del 
Gobierno libre y desembarazado en su acción, lle- 
gue hasta donde pueda alcanzar, pues nada ni nadie 
puede servir de pretexto ni de obstáculo para reali- 
zar el bien y evitar el mal. 

En honor de la verdad debo declarar que todas 
las personas que se me han aproximado y que han 



r- 63 - 


influido directa ó indirectamente en mi resolución 
de aceptar la candidatura que se me ofrece, todos 
sin distinción, están animados de los mismos eleva- 
dos sentimientos, tan honrosos como patrióticos. 

Con estos antecedentes, trazaré en breves pala- 
bras el programa que iniciaría y procuraría realizar 
si mereciese el sufragio déla nación. 

El solemne juramento hecho ante la H. A. Ge- 
neral de observar y hacer observar el Código fun- 
damental del Estado, me colocará en el camino del 
que no podría ni querría salir ni aun desviarme, ni 
como jefe del Gobierno, ni como ciudadano. 

En el franco y leal cumplimiento de la Constitu- 
ción, buscaré la fuerza y la sanción de todos mis 
actos gubernativos. Colocado en esa posición, si el 
hombre privado conservaba algunas simpatías por 
tal ó cual partido; el Gefe del Estado, padre de la 
gran^ familia Oriental, no tendría mas colores que 
los puros colores de la bandera de la Pátria. 

Bajo su sombra cabemos todos; esos colores sim- 
bolizan glorias y recuerdos sin mancha, y quizás el 
único vínculo que podrá todavía unirnos. 

Ellos me impondrían el de iniciar mi gobierno, 
proclamando la unión, la concordia, el olvido de 
nuestras malas pasiones, haciendo prácticos los 
eternos principios de moralidad y justicia, sin los 
cuales no hay sociedad regularmente constituida y 
sin los cuales la democracia y el sistema representa- 
tivo que nos rige no existe sino en el nombre. 

Mande quien mande, la mitad del pueblo Orien- 



— 64 -*• 

tal no puede ni debe tener, ni conservar en eterna tu- 
tela á la otra mitad. 

Para los cargos públicos solo pediría títulos á la 
honradez y al saber. Buscaría el apoyo de todas las 
fuerzas inteligentes, vivas y nobles de nuestra so- 
ciedad. Siempre que lo juzgase oportuno, solicitaría 
las luces de las capacidades conocidas y competentes 
en los diversos ramos de la administración pública. 
Mi primera atención preferente será asegurar la paz 
en el interior y exterior: disipando los males que en 
un momento dado pueden envolvernos en nuevos 
conflictos y desgracias. Al propio tiempo, entraría 
con paso fírme y resuelto en el camino de las refor- 
mas, haciendo todas las que nuestra situación y re- 
cursos consintiesen. Estudiándolas cuestiones con 
la atención que requieren, buscando los medios de 
plantear con éxito, las mejoras y economias necesa- 
rias, no esquivando mi concurso á ninguna idea rea- 
lizable y conveniente, no dudo que la iniciatiVa, el 
buen deseo y el patriotismo del gobierno, encontra- 
rían éco en las Cámaras y en la inmensa mayoría 
del Pais . 

Los verdaderos intereses de la nación, sus nece- 
sidades inmediatas, su honor y su dignidad, me servi- 
rían de norte en las medidas que adoptase y seria mi 
regla invariable en las relaciones exteriores. Afian- 
zado el orden, la paz y la justicia á la sombra de un 
gobierno de progreso y libertad; procuraría ensan- 
char el cauce mas bien que cegarlo, de las fuentes 
de la riqueza pública y privada, y esto económica- 
mente hablando, es cuanto puede exigirse á un Go- 



— 65 — 

biern o liberal é ilustrado. En el arreglo de nuestra 
desquiciada hacienda, trataría de hacer lo que un 
buen padre de familia que se limita únicamente á sus 
propios recursos, aunque ellos apenas alcancen á sa- 
tisfacer sus mas perentorias necesidades, hasta que 
á fuerza de laboriosidad y desvelos, acierta á propor- 
cionarse otros recursos. 

Por lo pronto organizaría, hasta donde fuese po- 
sible, los gastos con los ingresos, y haría cuantos es- 
fuerzos caben en una autoridad inteligente y hon- 
rada, para establecer un sistema regular de conta- 
bilidad, poniendo especial esmero en fiscalizar muy 
de cerca, todo lo que tiene relación con el producto 
y distribución de las rentas públicas. La publicidad, 
la verdad y la rectitud, reglarían siempre mis pro- 
cedimientos. En las reformas indispensables res- 
petaría los derechos adquiridos,' tanto en las clases 
que dependen del Estado, como en las particulares 
que hayan celebrado contratos con el P. E. siem- 
pre que los derechos de unos y de otros estén basa- 
dos en la justicia y en las leyes déla República. No 
asi los que por su naturaleza fueran notoriamente 
injustos y nulos^desde su origen, y que por lo tanto 
no han podido prevalecer con el transcurso del 
tiempo. — Nuestra inmensa deuda exige también un 
estudio especial y detenido:— en posesión de todos 
los datos necesarios cuidaría de someter oportuna- 
mente al C. L. varios proyectos, relativos á ella, 
que contribuyesen á restablecer el crédito público 
y á levantarlo de la postración en que yace. 

Lo mismo digo de algunas disposiciones concer- 



— 66 — 

mentes al clero nacional, á la emigración extranje- 
ra, á la educación primaria, al actual sistema de 
contribución, á la organización bajo nuevas bases de 
la Policia municipal, en los Departamentos, y en 
una palabra, á todos los resortes de nuestra regene- 
ración política y social. Se comprende que todas es- 
tas medidas serán el resultado de un sistema gene- 
ral y que ligados entre sí, preparando y facilitándo- 
se los unos á los otros, irían destruyendo los obstá- 
culos que hasta ahora nos han impedido entrar con 
acierto en las vias fecundas del progreso. Finalmen- 
te diré, para concluir, que tratándose de abnegación, 
y sacrificios per o nales, el gefe del Estado y sus 
ministros, con el precepto, darían el ejemplo. 

Tales son mis principios y la bandera con que me 
presento á mis conciudadanos. 

Si hay otramas alta y mas digna, que se levante 
y flamee ufana. Seré el primero en plegar la mia de- 
lante del que la tremole, y sábe el cielo, cuanto me 
alegraría si con esa nueva enseña, habría de lucir 
una nueva era, de pas y ventura, para nuestra infor- 
tunada Patria. 

Si este caso, que anhelo ardientemente, no llegase 
á realizarse, si la voluntad nacional expresada por 
sus órganos legítimos, cree que soy el ciudadano 
que debe asumir el mando supremo, pronto estoy á 
obedecer su mandato. 

No se me ocultan las dificultades de la empresa 
pero al considerar que solo con proponérmela se me 
dispensa un señalado honor, que salvando el País 
puedo coronar mi vida pública; que el porvenir y 



— 67 — 

felicidad de mi País y de mis hijos; mi nombre y los 
mas caros interes 3S de la Sociedad á que pertenezco, 
están empeñados en que yo ú otra persona de mis 
antecedentes y circunstancias acepte dicho cargo: lo 
aceptaré entonces con fé y entereza, y me parece que 
á, pesar de todos los peligros y eventualidades que 
pueden sobrevenir, sobrará energía en el corazón y 
altura en la menté, para no desmayar ante la mal- 
querencia, el desvio ó la injusticia de los hombres, 
y voluntad firme para empuñar el timón de la nave 
del Estado, para sacarla ilesa al través de las rocas 
y de la tormenta que amenaza desplomarse sobre 
nosotros. Para eso contaria en primer lugar con 
que al fin la misericordia divina, ha de lanzarnos 
una mirada de piedad. Hemos sido ta,n desgracia- 
dos! a . . . . 

Contaría también con el patriotismo y la sensatez 
del pueblo Oriental y de sus representantes: conta- 
ría con el amor tan pronunciado hoy por la paz, 
el orden y las instituciones. Contaria con todos los 
hombres de corazón y de inteligencia que quieran 
ayudarme en esta obra generosa y santa. 

Contaria con el franco y general apoyo de los pri- 
meros gefes militares de la República. Tengo el 
profundo coavencimiento que si por desgracia, y lo 
que no es de esperarse— se repitiesen las deplora- 
bles escenas de otras épocas; ellos fieles ántes que á 
todo á la Constitución, serian el mas poderoso ba- 
luarte de las instituciones y de la autoridad emana- 
da de la ley. 

Contaria con la gran masa de extrangeros labo- 



- 68 — 

riosos y pacíficos, que solo anhelan la paz y garan- 
tías para la prosperidad de sus intereses materiales 
y la extensión de su comercio. 

Contaría con la protección y auxilio de la prensa 
Nacional. 

No hago el agrayio á sus ilustrados redactores de 
creerlos capaces de adoptar por espíritu ciego de 
partido, una oposición sistemada, que nada podrá 
justificar después que la voluntad de la Nación for- 
mulada por el voto de la mayoría, convirtiesen en 
subversivos y anárquicos y dignos de represión, 
actos que hoy sean cuales fuesen las apreciaciones 
que cada uno es digno de hacer, no puede ni debe la 
autoridad coartar en lo mas mínimo, porque si algo 
prueban en estas graves y difíciles circunstancias, 
es la absoluta libertad de que goza la emisión del 
pensamiento. 

Por mi parte esioy dispuesto á olvidar hasta las 
ofensas gratuitas que se me han inferido. 

Con estos elementos contaría con mis buenos de- 
seos, con mi voluntad decidida para obrar el bien y 
propósito firme é irrevocable, de contribuir hasta 
donde mis fuerzas alcancen, á labrar la ventura de 
la Pátria y desempeñar la grande misión que se me 
confia. 

4 Vencedor ó vencido habré cumplido siempre 
con mis deberes á despecho de todos y de todo. » 

« Mi divisa es la paz, la unión, el progreso y la 
libertad:— si con ella sucumbo, hay derrotas que 
honran más que una espléndida victoria. » 

Gabriel A.Pereira . 



— 69 - 

Este fué el programa que el ciudadano Pereira 
ofreció al Pais. 

Creemos sinceramente que en él se hallaban en- 
cerrados los mejores deseos por la suerte de la Re- 
pública; bien definidas sus necesidades y mejor in- 
terpretados sus legítimos intereses. 

Proclamaba bien alto la unión de los Orientales; 
sostenía que mandase quien mandase, la mitad de la 
familia oriental, no podía tener en eterna tutela á la 
otra mitad y que bajo la sombra de la bandera na- 
cional cabíamos todos, eran estos principios que 
abrían grandes y risueños horizontes para esta des- 
graciada Patria, tan combatida por el más atroz y 
terrible de todos los infortunios; la guerra civil. 

El Pais en su inmensa mayoría recibió con aplau- 
so este manifiesto y mas que todo la elección recaída 
en el ciudadano de que nos ocupamos. 

La ardua tarea que la nueva Presidencia iba á des- 
empeñar, de arrancar al pais de la más desolante 
crisis financiera y de la más espantosa anarquía, por 
quepáis alguno ha atravesado, debían arredrar á 
quien se propusiera tal propósito. Se necesitaba un 
amor patrio á toda prueba, y una gran abnegación 
para afrontar con frente serena, y ánimo tranquilo 
aquella situación, tan espinosa y rodeada de inmen • 
sas dificultades. 

Pero para el ciudadano que estaba al frente de 
los destinos de su pais, arrancado del hogar contra 
toda su voluntad, como hemos visto, la salvación 
de la Patria era lo primero, pues como lo declara, 
accediendo al deseo de sus conciudadanos, estando 



— 70 — 

la salvación de la Patria de por medio, no seria 
quien le diese las espaldas en las horas de peligro.» 

Veamos ahora como respondieron los que tantos 
desórdenes habian provocado á ese llamado, á la 
obra común de salvar la Patria, y que concurso le 
prestaron á quien ofrecia y presentaba al Pais los 
principios encerrados en aquel programa, y á quien 
traia en sus manos la oliva de paz y confraternidad* 
entre la familia oriental, entre hijos de la misma 
patria, que se habian despedazado y hundían este 
pais en un antro de sangre, ruinas y desolación. 

Tres meses después de haber sido nombrado Pre- 
sidente de la República, los trabajos revoluciona- 
rios del círculo conservador tomaban un carácter de 
alarma. 

Aquellos trabajos de sedición, eran en aquellos 
hombres permanentes, y si solo se habian aplaza- 
do, era debido á la reunión de fuerzas imponentes 
que se habian aglomerado en la capital, cuando te- 
nia Jugarla elección presidencial, pero habiendo si- 
do disueltas esas fuerzas, volvieron á su negra em- 
presa de convulsionar al Pais y dar por tierra con 
el gobierno de la República. 

En casa del General Cesar Diaz, se reunían los 
conspiradores, y se tramaba la revuelta que iba á 
producir un nuevo conflicto, que en aquellos mo- 
mentos hubiera talvez aumentado los peligros que 
corría nuestra desgraciada patria, victima espiatoria 
de tantos infortunios y desgracias y que quien sabe 
á donde nos hubiera conducido. 

El Gobierno al corriente de aquellos trabajos, con 



— 71 - 

conocimiento exacto de lo que se tramaba, llamó 
por el E. M. General, á los que asistían á aquellas 
reuniones, para amonestarlos, y al General César 
Diaz, al despacho del Presidente, dónde amigable- 
mente lo recibió éste y le dió conocimiento de que el 
gobierno era sabedor Je los trabajos subversivos en 
que dicho General se hallaba. 

Cesar Diaz protestó contra esto y aun ofreció su 
completa adhesión al gobierno, retirándose en se- 
guida. 

Aquella amonestación fue inútil. 

Los trabajos siguieron con más empeño, y las reu- 
niones fueron más numerosas. 

El Gobierno ante tal hecho, se vió en la necesidad 
suprema de mandar su pasaporte al General Diaz y 
separarlo del pais temporareamente, trasladándose 
este á Buenos Aires. 

Mientras que asi se trabajaba por derrocar la au- 
toridad y producir un nuevo conflicto en el pais, por 
aquel circulo, el gobierno, no salía de la senda que 
se había trazado, y con que había inaugurado su 
política. 

Ningún gobernante del pais ha habido, que estu- 
viese mas animado del deseo del bien, de la felicidad 
déla patria, y de su bienestar. Ninguno que estu- 
viese mas libre de torpes pasiones y rencores de 
partidos, no viendo sino Orientales en todos, con 
los mismos derechos y las mismas prerrogativas, 
sin esclusiones odiosas, ni intransigencias mesqui- 
nas, consagrado siempre al bien estar publico; po- 
niendo todo su empeño en arrancar al pais de aquella 



- 72 - 

desastrosa situación que la cabia, como consecuen- 
cia natural de cuarenta y tantos años de desór- 
denes. 

Su política estaba basada en la unión de los 
orientales y en el olvido de las malas pasiones y ren* 
cores de partidos. 

A todos los funcionarios públioos y á los emplea- 
dos de su administración, les recomendaba, pusieran 
todo su empeño, en seguir aquella senda, que era la 
única que debia conducirnos á seguro puerto y al fin 
deseado de nuestra felicidad. 

Oficial como particularmente el Presidente de la 
República, se espresaba de tal sentido, y no quería 
como magistrado ver en los partidos, sino orientales, 
sin diferencias de ningún género, siempre odiosas, 
cuando nos las dan los méritos personales, las virtu- 
des ó el saber. 

Transcribiremos una nota confidencial pasada á 
los Jefes Politicos, que revela todo el deseo de que 
estaba animado el Presidente: 

CONFIDENCIAL 

Montevideo, Marzo 30 de 1856. 

Señor Gefe Político del Departamento de 

Muy señor mió: 

Siendo los Gefes Políticos delegados del . Poder 
Ejecutivo, ejercen como tales, funciones muy im- 
portantes en el adelanto moral como material de los 



— 73 — 

Departamentos, encomendados á su celo y patrio- 
tismo. 

Fundándome en estas razones he creido conve- 
niente establecer con usted una correspondencia en 
carácter confidencial, sin perjuicio de la correspon- 
dencia oficial que es de práctica, y que por ella me 
instruya de todo loque se relacione á las mejoras y 
adelantos del Departamento, para tomarlas en con- 
sideración y atenderlas según las circunstancias y 
el estado del erario lo permita. 

Y como desgraciadamente las pasioiíes rencoro- 
sas de partido, ciegan á las almas ilusas, una de las 
primeras y más serias atenciones de los señores Ge- 
fes Políticos, será de conservar de todos modos la 
armonía y perfecta inteligencia entre las autorida- 
des locales para de común acuerdo, disponer de los 
medios que estén á su alcance, y que las antiguas 
divisiones de partido, desaparezcan para siempre, y 
que todos los ciudadanos, sin odiosas exepciones ni 
diferencias, entren al fin al goce tranquilo de sus 
libertades y de los derechos que les acuerdan las 
leyes. 

Otra de las atenciones muy importantes de uste- 
des será también garantir la vida y la propiedad 
tan espoliada por las vicisitudes políticas que ha 
experimentado el Pais, y sean ustedes en esta parte 
todo lo posible celosos de que no se atento en lo 
mas mínimo ni á la una ni á la otra, porque son 
ambas cosas la base en que descansa la sociedad.^ 

La autoridad que hoy preside á la República ha 
declarado bien alto, que no reconoce partidos, aun* 



— 74 — 

que lo respeta en el libre ejercicio de sus opiniones 
y de sus derechos perfectos, y á proclamado la unión 
de los Orientales, bajo la sombra de la oriflama na- 
cional, cuyo sosten y defensa incumbe á todos, sin 
exepciones. 

Y como es urgente salir cuando antes de esta si- 
tuación desventurada, de completa anarquía y de 
ruina que he encontrado al venir al poder, y que 
nos ha legado como herencia el calamitoso pasado, 
espero que á la vez que cumpla usted con los de- 
beres relativos á las funciones policiales— como son 
el establecimiento del orden, el desarrollo de la ri- 
queza y el fomento del Departamento, trabaje con 
todo empeño en que se arraiguen las sanas doctri- 
nas de moderación en el ejercicio délas libertades,, 
de respecto por las instituciones y de acatamiento á 
las autoridades que propenden á la felicidad del 
País. No deje usted de calmar los ánimos y predicar 
la paz, la templanza y la concordia; y anime usted 
á todos para arrancar á la República del antro de 
miserias y desgracias en que yace, y verla floreciente 
y próspera. 

Trabaje usted como un buen misionero en ese sen- 
tido, y roguemos á la Providencia Divina ver el 
fruto de nuestra obra. 

Trabaje usted también, para hácer comprender á 
los ciudadanos el peligro inminente,que corre nues- 
tro País si continuamos en el camino del desorden, 
y qjie unidos serémos fuertes y nos respetarán, y 
que desunidos seremos el vil juguete de ambiciones 
bastardas y víctimas de cualesquier asechanza. 



— 75 - 

Que aun es tiempo de cicatrizar las heridas pro- 
fundas que la guerra ha abierto á la Patria; de fomen- 
tar nuestras riquezas, de abrir las fuentes de pros- 
peridad, qne en su seno encierra nuestro Pais, á la 
explotación del trabajo y de la industria, trocando 
por un porvenir sonriente las desgracias que nos 
cercan y en que vivimos. 

Que, reunidos los ciudadanos y formando en el 
único y solo partido nacional que debe existir, cuan- 
do la Patria está en peligro y con el concurso que 
se le debe, podremos arrancar á la República, de la 
funesta situación que la discordia le ha preparado, 
consiguiendo salvarla de la humillación y de la rui- 
na que sobre ella pesa. 

El Gobierno que presido no tiene otra ni más 
ambición que asegurar mejores dias al suelo que nos 
dió el ser, y como está completamente ageno á to- 
das las miserias de los antiguos odios de partido; 
de aquella senda no se apartará jamás. 

Espero que sabrá usted interpretar como es debi- 
do todos los conceptos que encierra esta carta, y 
pondrá usted en planta la única política del Go- 
bierno, que es el olvido del pasado, y garantias para 
tod.os: creo que en esto se encierra la felicidad y en- 
grandecimiento de la República. Y á nosotros toca 
ser los obreros de la reorganización del País y de 
la reparación de sus desgracias: tenga usted bastan- 
te constancia, patriotismo y fé, para que alcancemos 
á ver coronada la obra que se nos ha encomendado, 
con el resultado de nuestros ardientes deseos, que 



- 76 — 

son que lleguemos á tener una Pátria próspera, fe- 
liz y preponderante. 

Aprovecho esta oportunidad para reiterar á usted 
las seguridades de mi estima etc.» 

Gabriel A. Pereira. 


La transcripción de esta nota hará conocer cuan 
profundo era el convencimiento en el Presidente, de 
que no se alcanzaría el noble objeto que seproponia 
sin cimentar la paz, por medio de la unión, la liber- 
tad por medio del orden, y la felicidad pública por 
el olvido del triste pasado. 

No se puede tener mas arraigados los nobles de- 
seos del bienestar público, del más puro patriotismo 
y del más acendrado amor á la ‘Pátria, que los que 
revelan no solo el acto de admitir la Presidencia de 
la República en las circunstancias que hemos des- 
cripto, sino también el empeño con que trabajaba 
por arrancar ai País de la mísera situación que le 
cabía. 

Venciendo dificultades que á cada paso se atrave- 
saban en su marcha, el gobierno con brazo fuerte 
sabia reprimir los avances, last ropelias y las inmo- 
ralidades, procediesen de donde procediesen, y cuan- 
do había que castigar desgraciadamente, lo hacia 
con la imparcialidad y justicia indispensables y se- 
gún el caso. 

El espíritu de caudillaje era el que se enseñoreaba 
en el país y pretendía prevalecer en todo, y el go- 
bierno á su influencia perniciosa, que tantos males 



— 77 — 

había traído á la República, le imponía el respeto 
debido á la autoridad constitucional. 

Por otra parte, aquella unión de los generales 
Oribe y Flores de que no nos hemos ocupado y que 
trajeron de común acuerdo la iniciativa en la elec- 
ción presidencial, fracasó muy en breve, y los bue- 
nos y excelentes resultados que podían obtenerse, se 
trocaron en desconfianzas recíprocas entre ambos 
caudillos, pretendiendo que el gobierno sostuviese 
sus pretensiones y se inclinase al partido* de que 
eran jefes. 

El gobierno no salió de la esfera de su política, y 
sin que dejase de comprender los males que podía 
traer la falta del concurso que le habían ofrecido, en 
sosten de su autoridad, para el afianzamiento de la 
paz y del orden público, viose muy luego sin aquel 
contingente, prefiriendo caer con elpais ó sostenerse 
por él, defendiendo su política, que constituirse en 
testaferro de aquellos caudillos. 

Las consecuencias no se hicieron esperar mucho: 
el .General Flores comprendiendo que el Presidente 
Pereira mantenía con dignidad su programa y que 
no quería saber nada de esclusivismo partidista, se 
alejó del pais retirándose á Buenos Aires. 

El General Oribe menos exigente que este, pero 
rodeado por un círculo exaltado, se confinó en su 
quinta. 

El gobierno comprendió que no debía ni por un 
momento dejar de marchar con el Pais, libre de la 
influencia de aquellos caudillos, cuyos intereses an* 
tag únicos no podían dejar de dar malos resultados. 



— 78 - 

Su marcha estaba trazada y por más trastornos, 
decepciones y contratiempos que sobrevinieron, no 
se apartó un solo instante de aquel camino, que era 
gobernar por el páis y para el pais, libre de bande- 
rías, de partidismo intransigente y de esclusiones 
odiosas. 

Asi es, que aunque sensible fué la falta de coope- 
ración de los generales Oribe y Flores, cooperación 
que tanto habia sido ofrecida al señor Pereira, la 
energía' de este ciudadano, pudo vencer los obstá- 
culos que se le interpusieron á su marcha. 

En tanto en Buenos Aires, donde se soñaba-con 
las ideas de anexión de este pais, trabajaban activa- 
mente los principales personajes que dominaban 
entonces on aquella ciudad, en connivencia con los 
conservadores, en tal sentido, y por convu’sionar el 
Pais. El misionero encargado de preparar el cami- 
no para coronar aquella obra de segregar á nuestra 
patria, como Estado independiente, era don Juan 
C. Gómez. 

Debía venir á Montevideo, para desarrollar aquel 
siniestro plan, y preparar la opinión pública, lan- 
zando á la revolución á los ilusos y á los que esta- 
ban dispuestos siempre á los atentados y sedicio- 
nes. 

Antes de partir de Buenos Aires, en un banquete 
donde se reunieron todos aquellos propagandistas 
de anexión, se brindaba por el feliz éxito de la mi- 
sión confiada al Dr. Gómez, en medio de las ala- 
banzas que le tributaron, aquellos grandes soñado- 
res. 



— 79 — 

Oigamos algunos de esos brindis. 

El Dr. Velez dirigiéndose al Dr. Gómez decia: 

«Nuestro amigo el Dr. Gómez que con su fuerte 
palabra, ha hecho revivir los dormidos fuegos del 
mas noble pensamiento en el pueblo de Buenos Ai- 
res, para obtener la victoria de los sanos principios 
sociales y consolidarlas grandes instituciones que 
había creado; en el momento del triunfo, y cuando su 
nombre era elevado hasta los cielos, abandona su 
nueva patria, sus amigos, cuanto un hombre podía 
ambicionar, y marcha á sacrificios oscuros, á tra- 
bajos sin termino, cuyos resultados y consecuencias 
el mismo podrá preveer. 

Que sea feliz en todos sus pasos; que alze su anti- 
gua patria de la postración y desgracia que sobre 
ella pesa, que el cielo y los hombres le ayuden á ha- 
cer de sus dos patrias una sola, como antes lo fue- 
ron; que á el se debía la unión en una sola Repúbli- 
ca del Estado Oriental y de los Estados del 
Plata.» 

El General Mitre: 

«Señores: 

Nuestro amigo Dr. Juan C. Gómez, no se extra- 
viará jamás en esta hermosa tierra de América del 
Sud, que él ha recorrido como el infatigable pere- 
grino déla libertad y de la inteligencia. 

Asi como algunos viageros para no perderse mar- 
can su camino con gajos floridos, que arrancan de 



- 80- 

los árboles ó con piedras inanimadas que arrojan 
álo largo de la ruta, el ha señalado su itinerario con 
ideas vivaces y luminosas donde quiera que ha pues- 
to su planta. 

En todo tiempo, podrá nuestro amigo D! Juan C. 
Gómez, reconocer los sitios donde vertió con mano 
generosa la fecunda simiente de los principios como 
el labrador puede reconocer por sus espigas el surco 
que trazó.» 


El Sr. Sarmiento. 

«Señores: 

Estamos reunidos con un motivo solemne y 
tierno, despedirnos de un amigo que tenia en cam- 
bio de grandes servicios- hechos á nuestra causa, 
las bendiciones de sus correligionarios políticos. 
Hay en este acto un incidente interesante que 
quiero revelar á los presentes. Los lugares mismos 
toman valor por el recuerdo de los hechos que 
se presenciaron. En la calle de Méjico hay una ja- 
bonería que va á ser derruida; desde cuyo recinto 
salió la revolución de la independencia que abrazó á 
la América entera. Allí se reunian los patriotas para 
preparar las escenas que el mundo vió el 25 de Ma - 
yo de 1810. En un barrio oscuro de París, en una 
antigua casa, me mostraron no ha muchos años, una 
mesa en que se reunian á tomar café cuatro amigos 
hace un siglo. De esa mesa y de ese café salió la En- 
ciclopedia. 



— 81 - 

Y bien, señares, aunque mas humildes los actores 
asta sala, en que despedimos á nuestro amigo Gó- 
mez, ha sido el laboratorio en que hace ya más de un 
año se han preparado los acontecimientos que de- 
penden de la opinión popular, que ha triunfádo en 
las elecciones de Marzo; Señores, en aqujel rincón de 
esta sala, se decidió romper el terror personal que 
quería introducirse en la prensa, y el Sr. Calvo, sin 
saberlo, estaba destinado á batirse quince diasantes 
que el mandase una carta de desafio. Era necesario 
jugar la vida para conservar la libertad de la dis - 
cucion y al Sr. Gómez cupo este honor. 


Pero hay otro aspecto por donde esta escena es in- 
teresante para nosotros. No es un acaso que el 
oriental Gómez haya traído el contingente de sus 
luces al sosten de los principios que han triunfado 
en las elecciones. 

¿Qué impórtalas elecciones de Marzo? Suprimir 
treinta años de vacilaciones ó errores y ligar el año 
de 1857 al año de 1827, en que Rivadavia renunció el 
poder, dejando á los pueblos que se ensangretaran 
porque en todas partes le pedían la libertad de dego- 
llarse que necesitaban para aprender á ser libres. 
Entonces Gómez era argentino, como lo es hoy, por 
las tradiciones, por la historia, por los intereses de 
los pueblos que componen la gran familia argentina, 
de que Buenos Aires, fué siempre el corazón y la ca- 
beza. Gómez creía, y así nos lo dijo desde su llegada, 
que la salvación de la libertad dependía de su triunfo 
en Buenós Aires. Asi Buenos Aires recoje hoy la 



— 82 — 

semilla que sembró en otro tiempo, y de los extre- 
mos del antiguo vireinato, acuden los patriotas ar. 
gen tinos de este ó del otro lado del rio,á vigorizar en 
el centro los principios que han de defenderse mas 
tarde por todo el continente; porque, señores para el 
nombre Argentino, es estrecha la Patria, si las nieves 
de los Andes no la limitan al Oeste, el trópico al Nor- 
te, y las regiones polares al Sud. 

Que Montevideo se restablezca de los males del 
cuerpo y alma que lo afligen, que recupere su bien- 
estar y susalud y el pueblo volverá los ojos á donde 
tiene sus amigos, sus compatriotas, de sangre, de 
raza, de idioma, y un dia buscarán en los Estados- 
Unidos del Plata remedio á todos sus males. 

Nosotros somos muy pequeños ante la tarea que 
' nos imponen los sucesos, pero para animarnos á su 
desempeño, no olvidemos que lo que hemos presen- 
ciado estos dias, ha sobrepasado no solo á la espec- 
tacion pública, sino á la capacidad y esfuerzo de los 
animosos patriotas que prepararon el camino. 

Que nuestra simpatía y nuestra gratitud acompa- 
ñen siempre al Dr. Gómez.» 

El Dr. Gómez contestó: 

«La bella imginacion de nuestro amigo D. Barto- 
lomé Mitre me ha pintado en una ruta creyendo ver 
en ella vestigios de mis pasos. 

No quedan vestigios, no hay rutas, señores, en el 
oceano;y atravesamos un mar proceloso nadando fa- 
tigosamente para llegar á la orilla. 

Ha de llegar el dia, en que se serenen las ojas enfu- 



— 83 — 

recidas al omnipotente quos ego de la voluntad so- 
berana del pueblo. 

No han faltado intérpretes á esa voluntad. Ya en 
los muros de Montevideo, como el Coronel Mitre, 
D. José M. Muñoz, el Comandante Rivas, que ve- 
mos en esta mesa, se hicieron sus órganos, diciendo 
á la tormenta desencadenada de aquí no pasarás. 
Ya el brillante tribuno de los Debates , la expresaba 
conteniendo los embates con que nos amenazan los 
brutales desbordes del caudillaje. Ya un orador, que 
la antigüedad nos hubiera envidiado, ponía á- raya 
sus furores, clamando hasta aquí, con aquellas me- 
morables palabras, los pueblos no pueden ser senil- 
libres y sem ¿-esclavos. Ya con lajey agraria en la 
mano, Sarmiento, nuevo Graco de nuestra demo- 
cracia, dispersaba esa aristocracia de ladrones de la 
tierra de nuestros padres y de nuestros hijos. 

Vuestras manifestaciones me persuaden quo tal 
vez me ha cabido á mi también un instante de ser 
eco del sentimiento del pueblo. 

Pero instrumentos del pueblo; cual quiera que haya 
sido sucesivamente nuestro rol en sucosos parciales, 
la obra ha sido siempre del pueblo, siempro los re- 
sultados conseguidos, aquí ó allá, han sido triunfos, 
del pueblo. 

El dia está cercano en que poniéndose do pió toda 
la República á la vez, aterre su vozá los caudillos, á 
las esplotaciones, á las farsas quo agitan el Océano^ 
y enarbolando con su brazo robusto la bandera de la 
Nación, podamos todos reunidas á su sombra, c iu 



- 84 — 

dadanos do una poderosa República brindar por el 
gran pueblo de los Estados-Unidos del Sud.» 

Se ve pues por estos antecedentes el objeto de la 
misión confiada al Sr. Gómez 

Montevideo á su llegada habia experimentado 
además de los males y desgracias de la anarquía, el 
cruel azote de una cruel epidemia. 

La fiebre amarilla habia diezmado á su diminuta 
población y aun se sentían los ánimos de los que so- 
bre vivieron, entregados al terror y pánico consiguien- 
tes á tantas víctimas como habia arrebatado tan cruel 
azote. 

Fué en aquellos aciagos momentos que D. Juan 
C. Gómez empezó su tarea. 

Al frente de la Redacción de El Nacional lan- 
zaba los artículos más violentos contra la política que 
habia inaugurado el Sr. Pereira, de olvido del funes- 
to pasado y de unión entre los Orientales, soplando 
la discordia cual nuevo ángel Luzbel, y proclamaba 
en voz alta el exclusivismo del partido conservador, 
que debía servir para sus miras y fines con que ha- 
bia venido do Buenos Aires. 

Era aquella prédica en tan aciagos momentos ver- 
daderamente criminal. 

No respetaba el Sr. Gómez la triste y lamentable 
situación que le cabía á la República, en la que solo 
se veian las ruinas y miserias que la discordia habia 
producido; que el pais estaba al borde del precipicio, 
para contrariar aquella política, que amparaba todos 
los derechos legítimos, en la esfera de las leyes, pro- 
pendía á la unión y proclamaba los principios más 



— 85 - 

liberales sujetándolos á los respetos debidos á las au- 
toridades y al mantenimiento de la paz y del órden pú- 
blico; todo esto no era nada, ante el ensueño de 
convulsionar el país, de entregarlo de nuevo á las lla- 
mas déla guerra civil y realizar los ensueños de ane- 
xioné que respondian sus trabajos (1). Ingrata é 
ignoble tarea cuyos resultados tuvioron funesto de- 
senlace. 

Y no obstante esto, el gobierno toleraba aquella 
prédica continua de desórden y de anarquía. 

No queria mientras no se traduciesen en hechos 
las amenazas y hostilidades con que se combatia su 
política, atacar a la libertad de impre nta ni repri- 
mir sus avances. 

Llegábase en estos avances hasta dirigir insultos 
groseros á la persona del Presidente y á sus minis- 
Irosy miembros de la administración, y seagredja álos 
Estados limítrofes, con quienes la Repúb lica mante- 

(1) Para corroborar más esto, record amos, además do lo que 
hemos expresado con respecto á la anexión, los siguientes pár- 
rafos de un articulo suyo, muy posterior, que tienen conexión con 
sus trabajos en 1857. Dice asi: 

«Las susceptibilidades do algunos Orientales so han empeñado 
en ver la abdicación de la personalidad del Est ado Oriental . en 
esa reconstrucción do la República. 

«Y lo más singular es la impresión que 1 es causa ahora. 

«En 1857 la expuse en un brindis de partido que so publicó y 
comentó largamente y del cual hicieron un arma mis enemigos 
políticos. Pensada y deliberadamente la emití án tos de empezar 
esos trabajos y me hice preceder por ella en Montevideo. 

«Sin embargo, entonces no protestaron contra mi y por ol con- 
trario trabajaron conmujo en la misma lucha política los mis- 
mos f/uc hotj protestan, etc. 



- 86 — 

nia buenas relaciones, no con apasionada oposición 
sino con delirante espíritu infernal. 

Asi es que el gobierno resuelto á mantenerse en 
aquella actitud digna de prescindencia completa en 
las discusiones de la prensa, solo trataba de cumplir 
con los principios encerrados en su Programa. 

Acercándose las elecciones, el gobierno en su polí- 
tica liberal y de acuerdo con sus principios, firme y 
decididamente contraído á cumplir sus compromi- 
sos, y queriendo que las elecciones fueran la expre- 
sión verdadera del voto popular, dirigió el siguiente 
importante documento que reproducimos: 


Señor Gefe Político del Departamento de. 

Montevideo, Julio 10 de 1857 

Muy Señor mió: Desde que las elecciones de di- 
putados que deben tener lugar en el mes de Noviem- 
bre del presente año, comienzan á ser debatidas por 
la prensa, y los círculos de partidos ponen en juego 
sus relaciones é influencias personales; á fin de que 
con tiempo sean conocidos los principios del go- 
bierno y no puedan confundirse ni acomodarse al 
antojo de los opositores á la marcha del gobierno, y 
que nunca faltan, quiero hacer una franca manifes- 
tación de lo que pienso á este respecto. 

El Poder Ejecutivo que profesa el más profundo 
respecto á los principios del sistema que nos rige y 



— 87 — 

al derecho inviolable de los ciudadanos — quiere 
que el sufragio en las elecciones sea un hecho positi- 
vo y práctico, dejándolo en toda la plenitud de su 
libertad para que así cada pueblo, pueda darse los 
representantes que la ley les acuerda: recayendo la 
elección en los que realmente merezcan su confian- 
za. De este modo, dejando el Poder Ejecutivo á los 
departamentos en pleno goce del gran derecho con- 
signado en nuestro Código Constitucional, podrán 
con entera confianza, entregarse á sus solas inspira- 
ciones, y entonces con madurez, con tino y patrio- 
tismo, fijarse en hombres que vengan á la Honora- 
ble Asamblea á representar y sostener los verdade- 
ros y legítimos intereses del País bien entendidos y 
fuera de toda mezquindad de círculos y de parti- 
dos. 

Conviene que tanto los ciudadanos como los dele- 
gados del Poder Ejecutivo se penetren bien de cual 
es la mente del gobierno. Los primeros para usar 
de su derecho depositando en las urnas electorales 
el voto libre de su espontánea voluntad, porque 
así Dios y la Pátrialos juztipreciarán debidamente. 
Y en cuanto á los segundos, para que no ejercen otra 
influencia en aquel acto solemne, que la de simples 
depositarios de la fuerza pública, consagrados a con- 
servar el orden, sostener y hacer respetar los dere- 
rechos y regalías del ciudadano, en el ejercicio más 
grandioso de sus derechos, en el sistema represen- 
tativo popular. 

Esta es la única prerogativa del Poder Ejecutivo 
y la única en que se reserva su acción. De este mo- 



- 88 - 

do habremos dado un gran paso en beneficio de la 
República, arraigando las instituciones en benefi • 
ció de la paz: y sus derechos no serán ya el juguete 
de los caudillos y de los ambiciosos. 

Afianzados unos y otros.por el buen juicio de to- 
dos los ciudadanos, podremos vanagloriarnos de te- 
ner entonces Patria, instituciones y libertad. 

Quiera usted aceptar las consideraciones con que 
soy afimo. S. S. 


Gabriel A. Pereira. 


¿Podrá darse una prueba más terminante délos 
principios liberales que ponía en ejercicio aquel go- 
bierno? 

La transcripción de esta nota confirma los propó- 
sitos de que estaba poseído; las nobles aspiraciones 
de poner en práctica una vez por todas los precep- 
tos constitucionales y que los derechos y preroga- 
tivas del ciudadano no fuesen una vana fórmula, 
llevando álas urnas su voto espontáneo y que la re- 
presentación fuese la expresión genuina de la opi- 
nión nacional. 

Este propósito era sincero en el gobierno de que 
nos ocupamos. 

Veamos como respondieron á ella, los seudo libe- 
rales que dirigía el Dr. Gómez. 

El gobierno consagrado á velar por el orden pú- 
blico y porque no se alterase la paz que tan necesa- 
ria era, mantenía una actitud digna como hemos di- 



- 89 — 

cho en aquella situación en que se combatía su polí- 
tica — política de salvación y en que se respetaban to- 
das las opiniones, asi es que dejaba la más absoluta 
libertad de imprenta, y no solo «El Nacional» sino 
otros diarios como «El Sol Oriental», verdadero li- 
belo infamatorio/en donde diariamente se insultaba, 
se calumniaba de la manera mas soez al Gobierno y 
miembros de la sociedad y á las familias aun, apare- 
cían sin que el gobierno los hostilizase. 

Pero aquella política liberal por parte del gobier- 
no era interpretada falsamente por debilidad por sus 
opositores, y sus trabajos anárquicos y revoluciona- 
rios tomaron un carácter alarmante ante aquella 
actitud de tolerancia. 

Viendo el desorden de la prensa, los males que 
producían los ciegos opositores pues excitaban las 
pasiones, agitando convulsivamente en sus manos 
los trapos ensangrentados qne habian servido á los 
antiguos partidos, y soplaban con infernal aliento, el 
fuego devorador de la guerra civil; el gobierno res- 
ponsable ante el país de los males que debian sobre- 
venir, tuvo que amonestar á los redactores que pro- 
pendían á conducirnos nuevamente á una situación 
verdaderamente terrible y deplorable.en que se iban 
á reproducir todas las desgracias porque hasta alli 
habíamos alcanzado. 

Así es que dictóla siguiente provid íncia: 



Ministerio de Gobierno. 


ACUERDO 

Montevideo, Setiembre 23 de 1857. 

Estando S. E. el Sr. Presidente en acuerdo de 
Ministros, manifestó que desde antes de su enfer- 
medad de que se encuentra restablecido, había teni- 
do el pensamiento de adoptar alguna medida dentro 
de la esfera de sus facultades constitucionales con 
relación á las publicaciones de la prensa que tienden 
á reconstruir los antiguos partidos, dividiendo la fa. 
miíia Oriental y comprometiendo al mismo tiempo 
las. relaciones internacionales del pais, y que con la 
persistencia de la prensa en esa via peligrosa, se 
sentía tanto más impulsado á poner en práctica su 
pensamiento que quería fuera objeto de un acuerdo 
especial del gobierno. Y considerando el gobierno, 
que conforme con el programa de S. E. el Sr. Pre- 
sidente y con las más vitales necesidades de la Re- 
pública, el gobierno ha proclamado la unión, la con- 
cordia y el olvido de las malas pasiones; recono- 
ciendo que mande quien mande, la mitad del pueblo 
Oriental no puede, ni debe conservar en tutela á la 
otra mitad, que el afianzamiento de la paz es la úni- 
ca base sobre que puede establecerse el orden, la 
autoridad y las instituciones: que la paz es la garan- 



— 91 — 

tia verdadera de la independencia y de las libertades 
de la Nación y la fuente de poder y de progreso, y de 
los intereses materiales y morales del pais, y que sin 
la paz no'se pueden hacer prácticos los principios de 
justicia y de moralidad; y que la adquisición y con- 
servación de tan grandes bienes, no es posible por 
ningún medio que contrariando la política del Go- 
bierno, revivan los odios del pasado y concite el 
desorden, con provecho de alguna individualidad, 
daño de la riqueza pública y evidente riesgo de las 
instituciones. 

Considerando igualmente, que no es menos repro- 
bable el empeño de complicar con peligro de los al- 
tos intereses de la República, en sus cuestiones in- 
ternas, á los pueblos limítrofes y vecinos, y á sus go- 
biernos, imputándoles tendencias alarmantes y des- 
dorosas, y faltando así á la ley que expresamente 
prohíbe atacar ó denigrar con palabras ó conceptos 
á los gobiernos con quienes la República se encuen- 
tra en paz y buena amistad. 

Siendo por tanto la actitud de la prensa opuesta á 
las verdaderas conveniencias del pais y sus leyes, y 
estando cometida por la Constitución al Presidente 
de la República la conservación del orden y tranqui- 
lidad del interior y de la seguridad en el exterior; el 
gobierno ha acordado: Que se amoneste á los redac- 
tores de los periódicos en nombre de la paz pública, 
base del bienestar común, para que abandonen las 
recriminaciones recíprocas, guardando en la discu- 
sión la templanza y cordura que los bien entendidos 
intereses del pais exigen, de todo buen ciudadano, y 



— 92 - 

para que se abstengan de toda alusión ofensiva hacia 
los pueblos del Brasil, de la Confederación Argen- 
tina, y del Estado de Buenos Aires; y que se escite 
e-1 celo del Fiscal respectivo para el caso de que esta 
amonestación sea desatendida. Y para constancia, se 
extendió este acuerdo de que se dará cuenta á la 
H. C. Permanente y al Fiscal y se circulará por la 
Secretaria de Gobierno, etc. 


PEREIRA. 

Joaquín Requena. 
Carlos de San Vigente. 
Lorenzo Batlle. 


No podía ser mas político el gobierno en aquella 
sit uacion verdaderamente erizada de peligros, que 
conjurarlos con la templanza y la moderación que 
revelan los párrafos de este acuerdo. 

Ante eF hecho de ver comprometidos los altos in- 
tereses del Estado con aquella prédica constante de 
la Prensa que provocaba el desorden permanente, 
cualquier gobierno hubiera tomado las mas enérgi- 
cas medidas, que las hubiese justificado la tranquili- 
dad pública, pero solo se redujo á una simple amo- 
nestación á nombre de la paz pública á los redactores 
de diarios, recomendándoles que abandonasen las 
recriminaciones odiosas, guardando en las discusio- 



— 93 — 

nes la templanza y cordura que los intereses del 
pais exijen de todo buen ciudadano. 

¿Habia en esto agresión alguna al derecho de emi- 
tir libremente el pensamiento? 

No; solo habia un interés porque la templanza y 
la cordura imperasen en la discusión y no se com- 
prometiesen la paz y el orden público con la exita- 
cion de los recuerdos del pasado. 

Pero fué en vano esta amonestación; la vertigino- 
sa carrera emprendida debía conducirlos hasta su 
último límite. 

Veamos, para dar una nueva y acabada prueba, 
los párrafos de la acusación fiscal entablada por el 
recto Dr. Montero contra aquella delirante y crimi- 
nal oposición. 

Dice así, refiriéndose al Nacional , redactado por 
elDr. Gómez: 


« En sus columnas no se registran sino-recrimi- 
naciones á partidos que la política conciliatoria del 
gobierno se ha esforzado siempre en extinguir; ata- 
ques irrespetuosos á las autoridades constituidas, 
presentándolas á la espectacion pública como auto- 
ras ó fautoras de desórdenes y de crímenes que se 
exajeran desfigurándolos ó se les imputan con false- 
dad, sin mas objeto que el desprestigiarlas y de bo- 
tarlas al desprecio de los que deben acatarlas, sem- 
brando en fin la discordia, la división y la alarma 
en el seno de un Estado que no tiene otro anhelo, 
ni tampoco otra necesidad que la de ver cimentada 



— 94 — 

la paz pública, la unión y concordia de sus habitan- 
tes y el respeto y sosten de sus instituciones». 

Por esta transcripción se formará la conciencia de 
la clase de oposición que haría la prensa al gobier- 
no de que nos ocupamos. Vanos fueron todos los 
medios que puso en práctica la autoridad para en- 
caminar al bien á los que soplaban la discordia; va- 
nos fueron todos los anhelos de salvar al país de 
una nueva y desastrosa revuelta, pues que agotados 
todos los recursos conciliatorios, de moderación y 
cordura, debia reprimir el desorden sino quería car* 
gar con todas las responsabilidades de no cumplir 
con el primero de los deberes de los magistrados 
que es la salvación de la patria, salux populi; su- 
prema lex. 

La revolución estaba hecha-: en la reunión convo- 
cada para el Teatro de San Felipe debia estallar, y 
de sorpresa hacer un cambio completo de situación. 

El Gobierno ante tal hecho, con las pruebas en 
la mano, se vió en el caso necesario de privarla, to- 
mando la siguiente resolución: 


Ministerio de Gobierno. 

Montevideo, Noviembre l.° de 1857. 

Empeñado el Presidente de la República en con- 
servar la paz como se lo preceptúa muy especial- 
mente la Constitución y como lo exigen los verda- 



— 95 — 

deros intereses del país, que empieza recien á repa- 
rar los inmensos quebrantos causados por las di- 
sensiones de partido:— persuadido íntimamente de 
que el único medio de conseguir aquellos bienes tan 
deseados por la gran mayoría sensata y pacífica de 
la población nacional y extranjera es la realización 
del programa que regula la política del gobierno y 
que ha sido aceptado por el país, así también como 
es el único medio de anarquizar el país el levantar 
la bandera de alguno de los viejos partidos que han 
ensangrentado á la República. 

Guiado, sin embargo, el Presidente de la Repú- 
blica de los principios liberales de su política y aca- 
tando el ejercicio del derecho electoral, creía poder 
permitir la reunión de partido anunciada para hoy, 
á pesar de ser opuesta á su Programa y á sus con- 
vicciones, limitándose á tomar las medidas conve- 
nientes para tranquilizará la población justamen- 
te alarmada por las doctrinas sentadas por El 
Nacional de ayer que se ha hecho circular, no obs- 
tante el proceder liberal del Presidente de la Re- 
pública, revelan que el redactor del Nacional pro- 
motor é incitador de esa reunión de partido, se pro- 
pone quebrar la autoridad del gobierno, y so pro- 
texto de trabajos electorales, alterar el orden que es 
preciso conservar; 

Considerando que por mucho que sea el acata- 
miento del gobierno al libre ejercicio del derecho 
electoral que por lo mismo de ser sagrado dentro 
de sus justos límites, no debe consentirse su abuso, 
emideandolo para concitar á la guerra civil, alegan- 



— 96 - 

do vanos pretextos y falsos peligros para la inde- 
pendencia del País— cuyo pabellón tiene el orgullo 
el Presidente de la República de mantener á su 
mayor altura: aconsejando los deberes imprescin- 
dibles de la autoridad responsable del sosiego pú- 
blico, la adopción de medidas que pueden prevenir 
el mal, y la penosa necesidad de reprimirlo, evitan- 
do al mismo tiempo que ciudadanos bien intencio- 
nados sean envueltos en las consecu encias funestas 
de aquel injustificado abuso. 

«El Presidente de la República acuerda y resuel- 
ve, se prohiba por la policía la reunión pública 
anunciada para hoy en el teatro de San Felipe y 
Santiago, y toda otra en que se levante la bandera 
de cualquiera de los antiguos partidos. Circúlese 
etc., etc.» 


GABRIEL A. PEREIRA. 

Joaquín Requena. 
Cárlos de San Vicente. 
Lorenzo Batlle. 



— 97 


IV 


El coronel Erigido Silveira desde Minas, levantó 
el estandarte de la rebelión, que había sido prepa- 
rada en la prensa y en los Clubs, por el círculo 
Conservador. 

Nuevamente íbamos á ver reproducir las tristes y 
lamentables escenas de la guerra civil, y á presen- 
ciar todos los horrores que la acompañan y son su 
fúnebre cortejo. 

Aquellos hombres que habían soplado la discordia 
y habían preparado dias nefastos para la Patria, 
iban á recoger su obra, pues quien siembra los 
vientos, recoge la tempestad y quien siembra la 
zizaña cosecha la muerte. 

El Gobierno, cuando Brígido Silveira levantó el 
pendón de la revuelta, no estaba preparado para re. 
sistirla. 

Asi es que con alguna fuerza que reunió aquel 
caudillejo pudo llegar hasta el Colorado, cerca de 
la Capital, y batió algunas policías. 

En uno de esos encuentros, fué muerto el joven 
Comisario D. Luis P. Herrera y su cadáver fué ha- 
llado todo mutilado. Se habian saciado sobre él 



- 98 - 

como verdaderas hienas ó salvajes que hubieran ve- 
nido del desierto. 

¡Que buen ejemplo este para los que venian á re- 
generar la Patria! 

Pero este fué el principio de las atrocidades con 
que se distinguieron en esa luctuosa jornada aque- 
llos revolucionarios y que veremos después. Brigido 
Silveira con aquellas sorpresas, consiguió que se 
le agregasen algunos de aquellos que siempre tie- 
nen pronto su brazo para cooperar á los desórdenes 
y tratan de medrar con ellos; asi es que impugne- 
mente pudo alcanzar hasta la Capital y esperar los 
refuerzos que debian llegar de Buenos Aires. 

Ellos no se hicieron esperar mucho: en un buque 
de guerra de Buenos Aires se embarcaron Cesar 
Diaz,á la cabeza de toda clase de mercenarios, y con 
armas y pertrechos que aquel Gobierno le habia 
proporcionado para coronar su intentona de sacri- 
ficar la Patria. 

A la luz del dia llegó la Maipú, á uno de los cos- 
tados del Cerro y á vista de todos, se vieron desem- 
barcar por el Cerro á aquellos verdaderos filibus- 
teros. 

Tomó Cesar Diaz el mando de la fuerza y se pose- 
sionó del Cerrito, tan célebre en glorias é ignomi- 
nias. 

El gobierno queriendo aún demostrar una vez 
mas los sentimientos de moderación y de magnani- 
midad, mandó un indulto á todos aquellos revolu- 
cionarios con tal de que se sometiesen á la autori- 



- 99 — 


dad. La contestación de aquellos fué que no venían 
á tranzar sino á imponer. 

Ante esa contestación categórica, el gobierno se 
preparó y se dispuso á la defensa. 

Lo hemos dicho: el gobierno no estaba prepara- 
do para la guerra y fué necesario improvisar la 
defensa. 

Con una espontaneidad y patriotismo de que po- 
cos ejemplos hay, los ciudadanos corrieron todos á 
defender y sostener al gobierno, y ofrecieron sus 
vidas para salvar la patria contra aquella avalancha 
de revoltosos, que venían predicando y sosteniendo 
los principios mas atroces y ponían en práctica los 
hechos mas horrendos que registra nuestra his- 
toria. 

Veansepor la siguiente carta de César Diaz, diri- 
gida á un correligionario, algunos de esos prin- 
cipios: 


Sr. D. Tomás Gomensoro: 


«Animo amigo mió y á la obra; colecte Vd. entre 
los amigos, un empréstito secreto que ya se lo pa- 
gáremos; é immediatamente que Vd. se haya apode- 
rado de ese pueblo, imponga una contribución á La- 
mas, Trillo, Alcain, Laguillos, al tránsfuga Cabal, 
Claveri, Sañudo, el boticario Arenillas, un capitán 
Bravo, Berdun, Cherifey otros cuyos nombres he 



— 100 — 


olvidado, pero que Vd. conoce mejor que yo; en una 
palabra, ya sean nacionales ó extrangeros, á todos 
los blancos sin esceptuar uno solo, á todos esos la- 
drones que se han enriquecido con las desgracias de 
la pátria, con la ruina de los colorados. No tenga 
Vd. escrúpulo, porque esas fortunas son nuestras, 
de nuestros amigos á quienes han robado. 

No tenga Vd. escrúpulo, no! porque esas fortu- 
nas cuando ménos deben volver al Estado, porque 
es necesario moralizar la sociedad, castigando los 
crímenes que con ultraje de Dios han estado impu- 
nes hasta ahora, y disponiendo Vd. de ellas para el 
servicio de la cosa pública, no hace Vd. mas que 
hacer uso legal de los dineros del tesoro Nacional. 
Yo marcharé á marchas forzadas y estaré en el de- 
partamento de Paysandú del 30 al 31. En Tacua- 
rembó deben haberse movido ya nuestros valientes, 
etc., etc. 

Actividad y energía, mi querido amigo. Es pre- 
ciso que el partido colorado, el partido de las* tradi- 
ciones gloriosas de la República, se levante como 
un solo hombre para gritar ¡atras! á esa canalla 
que prostituye los destinos públicos; es preciso es- 
tirpar esa raza maldita , que mas de una vez ha en- 
tregad® el País al extrangero, etc. 

Es preciso que corra sangre, porque ella es nece- 
saria para sellar la revolución y hasta es moral que 
no se demore el castigo de los criminales. 

No haya lástima, no, con ellos, severidad, amigo 
mió, y mano de fierro con esa canalla. 



Fusile Vd. á todo el que no quiera plegarse á 
nuestras ideas , á todo el que no quiera aceptar las 
gloriosas tradiciones de la defensa; derribe Vd. de 
una vez todos los obstáculos que se nos presenten. 
Yo aceptóla responsabilidad de todo. Para todo lo 
autorizo, etc., etc.» 


César Diaz. 


Y á esta carta respondían los artículos terribles 
de la prensa de Buenos Aires, en el que en uno de 
ellos se transcribía estos gritos verdaderamente sal- 
vajes, y que dicen: 


«Corra sangre en los desiertos 
Por los llanos y cabañas, 

Sangre corra en las montañas 
Griten sangre, hasta los muertos» 


Con tales antecedentes y con estas ideas, se venia 
á redimirla Patria y á dar por tierra con las auto- 
ridades constitucionales de la República. 

Parece imposible que en pleno siglo de civiliza- 
ción, se pudiese hacer tan refinada ostentación de 
refinada barbarie, y sin embargo, aquellos que pro- 
ferían tales principios eran los mismos que venían 
como regeneradores y salvadores de la Patria. , 



- 102 — 

Era un verdadero sarcasmo. 

Los hechos que consignaremos después, se ar- 
monizan perfectamente con estos principios y doc- 
trinas; no eran una vana fórmula ó una amenaza 
sino que ellos respondían á la sed insaciable de 
crueles venganzas. 

Entre tanto, en la quinta del General César Diaz, 
en un banquete que tuvo lugar cuando asediaban la 
plaza, se brindaba para el esterminio de los blancos 
hasta la quinta generación. 

Reunidas las fuerzas de Brígido Silveira y lasque 
habían venido de Buenos Aires, compuesta de mer- 
cenarios en su mayor parte, trataron de atacar la 
plaza, que estaba defendida por guardias naciona- 
les que sostenían á la autoridad constitucional. 

Tres veces intentaron apoderarse de ella y las tres 
veces fueron rechazados, siendo en el último ataque 
derrotados completamente, habiendo perdido en él 
al Mayor Farias, muerto de un balazo al acercarse 
á las trincheras. 

En uno de esos ataques, debía tener lugar el asal- 
to, saqueo y matanza de los vecinos de la ciudad 
por los lombardos que residían en ella, y que como 
una Santa Bartelemí ó unas Vísperas Sicilianas, de- 
bían de llenar de horror, de sangre y de espanto á 
la población. 

Fué descubierto felizmente y presos los principa- 
les autores de aquella infernal conjuración. 

Como es importante, suspenderemos por un mo- 
mento la continuación de los sucesos que se siguie- 



— 103 - 

ron para dar cabfda á las declaraciones que presta 
ron los comprometidos en aquel comolot. 

Helas aquí: 


Del proceso levantado para esclarecimiento de 
la conspiración re combardos descubierta el 
2 de de Enero del corriente año, 1858. 


El 2 de Enero 1858 se presentó al Departamento 
de Policia el italiano Angel Presbitti, denunciando 
una conspiración que iba á tener lugar en una casa 
fuera del mercado, y con fecha tres declara: « que 
unos individuos italianos, cuyos nombres ignora, lo 
convidaron para una reunión, y lo condujeron á la 
casa mencionada en la cual encontraron como cua- 
ren ta italianos y cuatro orientales, reunidos con 
ellos, cuyos nombres ignora: que, cuando estuvo 
adentro, uno de los que lo habian llevado, le propuso 
si quería tomarlas armas para defender en esa noche 
los intereses que existen en la aduana, dándole un pa- 
tacón entonces, cuatro á la mañana siguiente, y que 
cuando lo precisase, recibiría cinco onzas de oro; 
que había visto en la casa como ciento y tantas es- 
copetas, cuarenta ó cincuenta pistolas largas,algunos 
puñales con vaina de tafilete punzó, como los que 



— 104 - 


se le presentan, y otros mas pequeííbs de hoja trian- 
gular iguales al que se le presenta, y muchas divisas 
coloradas; que, según habia oido decir, existia otra 
reunión de dos cientos franceses armados y prontos 
del mismo modo, y que, habiendo oido decir que se 
trataba de unarevolucion contra el Gobierno, habia 
salido á dar parte de la reunión al cuartel de los 
Guardias Nacionales, como así lo hizo.*’ que conocia 
á algunos de los concurrentes á la casa y estaba 
pronto á señalarlos, pues que sabia los nombres. »> — 
Fueron inmediatamente aprendidos Felizberto Bal- 
dasaro, Alejandro Galate, Juan Lodi, Alejandro 
Anguisola, Julio Agnate, Pietro Lagui, Esteban 
Lobatti, Juan Relone, Antonio Tomassi y Cayetano 
Perazzo, cuyos individuos declara Presbitte haber 
conocido en la reunión. 

Baldasaro declara — cque'es natural de Lombar- 
dia, de 22 años de edad, casado, sastre de oficio, y 
con residencia de dos meses en esta ciudad: — que 
el primero de año, después de haber oscurecido, 
paseaba por la calle de los Treinta y Tres, cuando 
se encontró con Pietro Lagui y un tal Pini, corta- 
dor de ropa de la casa de D. Francisco Veira, y lo 
invitó á que lo acompañase á la casa donde se dirijia: 
que durante el tránsito le manifestó la necesidad én 
que estaban de armarse para defender los intereses 
estrangeros, cuya indicación le habia hecho días 
antes, dándole un patacón para comer: que persua- 
dido que se trataba de la defensa de los estrangeros 
y alhagado por el patacón diario que se le ofrecia, 
con mas un premio á la conclusión, se prestó á la 



- 105 — 


solicitud de Pini: que llegados los tres á la casa de 
ferretería que está en calle del Rincón, bajo el Con- 
sulado Inglés, de la Matriz media cuadra para el 
Fuerte, entraron el almacén menos Pietro, que se 
quedó en la puerta, y Pini ofreció al deponente que 
se armase de escopeta y puñal; que no quiso tomar 
escopeta y recibió un puñal que es el mismo que se 
ha depositado en este Departamento, y saliendo de 
allí se fué para su casa, habiéndole prevenido Pini 
que al dia siguiente, sábado dos del corriente, con- 
currió á la cita del mercado, donde se halló con 
Pini y un tal Giraldi, italiano quienes lo condujeron 
á una casa en la Nueva Ciudad que está mas ade- 
lante de unos zanjones: que, estando dentro de la 
casa, se encontró con quince ó veinte hombres ar- 
mados de escopeta; tomando el deponente una es- 
copeta que cebó y cargó á bala con cartuchos que 
allí habia: que aquel número de hombres aumentó 
sucesivamente basta treinta y tres ó treinta cuatro 
hombres: que así reunidos esperaban órdenes, 
cuando llegó Pini y les dijo á eso de las cuatro de 
la tarde, que el objeto de la reunión era el de ata- 
car la casa del Sr. Presidente de la República, y que 
una vez conseguido, saquearían la casa, y cada uno 
tomaría para sí cuanto encontrase en ella: que per- 
maneciesen allí hasta que oyesen uti tiro de cañón, 
y entonces saldrían á la calle: que antes de salir re- 
cibiría cada uno einco onzas de oro, y que, como no 
le gustase la propuesta, trató de evadirse de la reu- 
nión, como se fué: que ignora el nombre del dueño 
del almacén á que se ha referido, y que cuando el 



— 106 - 


entró, había diez ó doce personas; que ignora el 
nombre del italiano Giraldi, cuyo individuo entró á 
la casa, conduciendo un cajón de municiones: que 
délas personas que estuvieron en la reunión, solo 
conoce á Agrate, Arquiola, Galate, Lodí, Giraldi y 
Pietro: que Pini parecía el jefe de la reunión: que 
no sabe, ni oyó decir de que punto se dispararía el 
cañonazo.» 

Galate depone: «que es natural del Ducado de 
Parma, de veinte y ocho años de edad, soltero, 
cocinero de profesión y con residencia de diez meses 
en este pais; que cuatro ó cinco dias antes de ser 
presos, fué llamado por un tal Nessi, que lo invitó 
para reunirse con otras personas, con el fin de guar- 
dar los intereses de algunos estranjeros ricos, ofre- 
ciéndole dar un patacón diario, y una gratificación 
después de concluido todo, "cuya propuesta aceptó: 
que la víspera de la reunión, primero del año — le 
anunció á Nessi, que por la mañana del dia siguiente 
fuesen al mercado para indicarle la casa en que 
debían juntarse; que concurrió al mercado, y alli 
se juntó con Alejandro Arquiola, y este le llevó á 
una casa que está mas allá de unos zanjones, en la 
que había una reunión de diez ó doce hombres; que 
esto ocurría como á las 9 de la mañana, y tanto los 
hombres que allí estaban, como los que entraban 
sucesivamente, se armaban de escopeta y puñal; 
que el declarante también recibió una escopeta, la 
sebo y cargó á bala, tomando dos paquetes de mu- 
nición; que mientras esperaban la hora señalada 
para la salida, se les repartió pan, queso y vino; 



cuya reunión llegó á ser de unos treinta y cinco 
hombres; que el objeto de la reunión era saquear la 
casa del Sr. Presidente de la República y saquear 
cuanto hubiese en ella, lo que tendría lugar cuando 
se oyese un tiro de cañón, siendo esto lo que se decía 
y corría entre todos: que las cuatro y media de la 
tarde llegó Pini, y les dijo que no había dinero, pero 
que si se esperaban hasta las ocho, les daría cinco 
onzas de oro á cada uno, que esto los disgustó á 
todos, y principiaron á burlarse del ofrecimiento; 
que entonces resolvieron marcharse de alli, y en 
efecto se fueron todos; que el declarante se puso una 
cinta colorada en el sombrero.» 

Lodi declara: «que es natural de Lombardia, de 
estado soltero, sin ocupación fija, y con residencia 
de diez meses enta capital — Que el primero del año, 
Pini lo invitó para reunirse con algunos paisanos 
suyos á fin de asegurar las propiedades de diferentes 
negociantes; que aceptado por el declarante, queda- 
ron aplazados para verse en el mercado al dia si- 
guiente, y concurrió á las ocho y media de la maña- 
na, de cuyo punto Pini lo condujo á una casa que 
está en la Ciudad Nueva del otro lado de unos 
zanjones, y á la que concurría por primera vez; que 
estándo en la espresada casa, se encontró unos diez y 
ocho á veinte hombres todos armados de escopetas y 
algunos de puñal; que recibió una escopeta que le 
dieron, la cargó á bala, y quedó con los demas 
compañeros esperando órdenes; que, mientras allí 
estaban se les dió de comer pan, queso y vino, oyen- 
do decir el declarante que aguardaban la señal para 



— 108 


atacar la casa del Sr. Presidente, que á eso de las 
cuatro de la tarde llegó Pini, les dijo que tuviesen 
paciencia hasta mas tarde, ofreciéndonles cinco 
onzas de oro, que la gente se manifestó digustada 
de tanto esperar, y trataron de retirarse, como lo 
hicieron entre ellos el declarante, que de los de la 
reunión conoce el declarante á Bandasaro, Arquiola 
y Agnate y otros mas que no estuvieron en el alma- 
cén de la calle Rincón, que se le pregunta, que los 
gefes de la reunión eran un tal Nessiy Pini, habién- 
dose retirado á las seis y media de la tarde con un 
grupo de quince hombres.» 

Arquiolo espone: «que es natural del Ducado de 
Parma, de veinte años de edad, de estado soltero* 
de ejercicio pintor y domiciliado hace cinco meses: 
que fué preso por la Policía el domingo 3 de Enero, 
hallándose en su cuarto, calle del 18 de Agosto con 
sus compañeros llamados Feliberto, Galate, Agrate 
y Lodi, presumiendo que la causa de su prisión sea 
la de una reunión de italianos que tuvo lugar el 
sábado 2 del corriente; que, cediendo á la invitación 
de Pini, concurrieron al mercado en la mañana de 
ese dia, se encontró con Galate y Agrate, desde cuyo 
punto se dirijeron los tres á una casa que está en la 
Ciudad Nueva, delante de unos grandes zanjones; 
que llegados á esta casa se armaron con escopetas, 
que allí había, y esperaron órdenes de Pini; que la 
reunión de hombres seria de treinta y cinco á cin- 
cuenta, los cuales lo pasaron comiendo pan y queso, 
y bebiendo vino, que, como á las cuatro de la tarde, 
se presentó un tal Rolini, de oficio cocinero, y les 



dijo: que esa noche era la destinada para atacar la 
casa del Sr. Presidente de la República, y que antes 
de partir á la empresa, recibiría cada uno cinco 
onzas de oro; que los concurrentes manifestaron 
disgusto y determinaron retirarse, como lo hicieron 
la mayor parte á la cinco de la tarde incluso el depo- 
nente: que se les hizo entender que marcharían á la 
esquina del León de Oro, y de alli atacarían la casa 
del Sr. Presidente, saqueándola y tomando para si 
cuanto encontrasen; que de los concurrentes solo 
conoce á Felisberto, Galate, Agrate y Lodí, que en 
la casa habría como cincuenta escopetas de uno y 
y dos tiros, un cajoncito de pólvora y cajas de sebas 
de fulminantes;’ que vió muchas cintas coloradas que 
se ponían en los sombreros; que no concurrió al 
almacén de calle del Rincón, ni sabe que alli se hu- 
biesen armar do.» 

Agrate depone: que es oriundo del Piamonte, de 
estado soltero, de diez y nueve años de edad, y hace 
el oficio de sirviente: que el sábado dos del corriente 
Pini le ofreció un patacón diario , por prestarse á 
da!* un servicio para guardar las casas de los estran- 
jeros, cuya propuesta aceptó: que, citado para el 
mercado, se encontró con sus compañeros de cuarto 
Arquiola y Felisberto, los cuales conversaban con 
dos ó tres mas: que inmediatamente se dirijieron 
todos á una casa que está en la Nueva Ciudad cer- 
ca de unos zanjones, donde llegaron y hallaron una 
reunión de hombres: que allí recibieron escopetas 
cargadas á bala, que les dió un oriental que no co- 
noce, de tres que habia de esta nacionalidad: que 



— 110 — 


en este estado esperaban órdenes de Piní, y se les 
hizo entender á las cuatro de la tarde que á la señal 
de un cañonazo saldrían á la calle, se reunirían en 
la esquina del León de Oro y atacarían la casa del 
Sr. Presidente de la República, recibiendo antes de 
marchar cinco onzas de oro cada uno: que á las 
seis y media cansados de esperar, se juntaron doce 
ó catorce y se marcharon, tomando cada uno por 
donde mejor le pareció, y dejando las armas que le 
habían dado: que no estuvo en el almacén de ferre- 
tería, de la calle del Rincón.» 

Laguí declara— que es natural de Suiza, de diez 
y ocho años de edad, de estado so.ltero, de oficio 
albañil, y reside hace cuatro años— que, estando 
reunidos en la casa cerca del jardín de Pitaluga el 
sábado dos de Enero, y hallándose Cada uno con 
dos escopetas cargadas y cebadas, menos el espo- 
nente que no quiso tomar armas, llegó Piní 
como á las cuatro de la tarde, y les dijo: que estu- 
viesen prontos para mas tarde, pues que al disparo 
de un cañonazo saldrían todos á la esquina de la bo- 
tica del León de Oro: que habiendo llegado Nessi, 
les advirtió que no era tiempo todavía en cuya oca- 
sión la mayor parte de los reunidos le reclamaron 
una cantidad de dinero que se les había ofrecido: 
que entonces Piní les manifestó que no tenia mas 
que dos onzas para repartirles; pero como el proyec- 
to era el de atacarla casa del Presidente: que todos 
se disgustaron porque no se les cumplía con la en- 
trega del dinero prometido, y se retiraron la ma- 
yor parte.» — Las declaraciones de Carena, Lobatti, 



— 111 — 


Belone y Tomassi, están enteramente conformes 
con las anteriores, deponiendo Tomassi que oyó 
decir que el cañonazo se dispararía del Fuerte de 
San José. 

De una nota del señor Comandante de la Guardia 
Nacional aparece que enda noche del dos de Enero 
se encontraron en la casa calle de Canelones, como 
cien escopetas, y doscientos paquetes de fusil á 
hala. 

De las declaraciones del Oficial y Guardias Nacio- 
nales que concurrieron á la noche del dos de Enero 
resulta que al llegar al zanjón que está inmediato á 
dicha casa, recibieron una descarga de un grupo de 
hombres que habían estado reunidos en ella, de 
cuyos tiros murió el Guardia Nacional D. Anjel 
Vidal. 

De la declaración de D. Benito Cruces, aparece 
que la reunión que tuvo en su casa la noche del l.° 
de Enero, se componia de D. Timoteo Rodríguez, 
Coronel D. Matías Barrios, D. José Feo, D. Felipe 
Alonso, el Capitán D. Ramón Bermudez, D. Ma- 
nuel Rosende y Mr. Monetot, cuyas personas te- 
nían la costumbre de ir á su casa á pasar el rato. 
Los espresadosfindividuos declaran haber estado esa 
noche en el almacén de Cruces y están contestes en 
el hecho de no haber visto vender armas ni entrar 
jente á la casa. 

Resulta plenamente que el dia 2 de Enero del cor- 
riente año, hubo una conspiración de Lombardos en 
la casa de D. Emilio Isaurraga calle de Canelones, 
cuyo numero llegó á cuarenta hombres; que todos 



— 112 — 


ellos estuvieron armados de escopetas y puñal con el 
designio de atacar la casa del Sr. Presidente de la 
República, saquearla y compartirse el robo; que en 
la casa se halló crecido número de escopetas de uno 
y dos tiros cargadas á bala— puñales de diferentes 
formas, municiones y divisas coloradas— y que el 
piquete de Guardias Nacionales que se acercó á to- 
rnar posesión de la casa, recibió una descarga, de la 
que murió en el acto el ciudadano D. Angel Vidal, 
uno de los que componian el piquete, cuya agresión 
fué hecha por un grupo de los mismos conspirado- 
res que se babian conservado en las inmediaciones 
de la casa. 

En el dia se trata de investigar el paradero de los 
ocupantes de la casa, y al efecto se han librado las 
requisitorias competentes. 

Tal es el estado de la cá'usa.» 


Ramón de Santiago , 

Oficial 1° de Policía. 

Narciso del Castillo , 


Escribano Público, 



— 113 - 

Hemos querido consignar este estracto de las 
declaraciones prestadas por algunos de los afiliados 
y comprometidos en el plan de asesinato y saqueo en 
la ciudad, para que se vea de que medio echaban 
mano los revolucionarios. 

Aquella infernal trama es bastante para juzgar á 
los hombres que la habian preparado y fulminar 
contra ellos todo ef peso de la ignominia histórica, 
si los demas hechos no fuesen su triste corolario y 
de que fueron actores. 

Pero continuaremos nuestra exposición breve- 
mente interrumpida. 

El enemigó rechazado de la capital como hemos 
dicho, se dirigió en completa desmoralización á la 
campaña. 

Reunidas las fuerzas que habian respondido al 
llamado del Gobierno, en considerable número, fue- 
ron alcanzados por ellas, en Cagancha, y allí se tra- 
bó uña acción en que recibió el enemigo otro desas- 
tre, pudiendo fugar de una completa derrota, inter- 
nándose en el monte, y marchando hacia el Rio 
Negro en completa desinoralisacion. 

Desde que el enemigo fué batido en las trincheras 
de Montevideo, y habia fracasado el plan de penetrar 
en la ciudad, contando con la defección del cuerpo 
de artillería, que se pasó en uno de los ataques, con 
uno de sus gefes el Mayor Freire, y con el complot 
de asesinato y saqueo por los lombardos, ya estaba 
decidida su suerte, pues lo demás tenia que ser la con- 
secuencia de aquella frustrada intentona, y cuando se 
veia aislado, sin eco alguno que respondiese á la 



— 114 - 

revolución y á sus propósitos, era la prueba mas 
acabada que el pais lo rechazaba, prueba terminante, 
y que no admite réplica, pues el enemigo como he- 
mos dicho, no alcanzó á formar mas que trescientos 
y tantos hombres en todo el tiempo que duró la re- 
vuelta. 

El Gobierno ordenó que se hiciese cargo del 
ejército, que sostenia su autoridad, el Brigadier 
General D. Anacíeto Medina, y que activase sus 
operaciones. 

Se componia el ejército de cinco mil hombres, 
perfectamente armados, y entusiasmados por la 
causa que sostenían, que era la causa del orden, de 
la paz y de las instituciones. 

Sabemos que fueron alcanzados en el Paso de 
Quinteros del Rio Negro y que circunvalados por 
todas partes el fin que tuvo aquella triste jornada» 
que no debiéramos recordar jamas, como no se de- 
ben recordar los tristes dias de desolación y de 
duelo en que se renuevan las llagas que brotan lúgu- 
bres recuerdos que aun no están bien cicatrizadas. 

Fueron alcanzados como hemos dicho y sin nin-' 
guna perspectiva de salvación, no pudieron sino 
rendirse á discreción, porque no es posible creer 
razonablemente otra cosa, de un enemigo batido, 
desmoralizado y en pavorosa fuga, y como lo hemos 
probado poniéndonos en todos los casos. 

El asesinato de D. Jorge Carreras en su estancia y 
las violencias ejercidas en la familia del Coman- 
dante D. Juan Alvarez, cuyos ranchos quemaron, 



— 115 — 

fueron verdaderas atrocidades, que no tienen expli- 
cación sino como actos de verdadera barbarie. 

En su tránsito cometieron como estas toda clase 
de extorcioues y violencias. 

Ya estando al frente de la capital, las habian 
practicado con los que no pertenecían á su credo y 
aun con personas extrañas, como con la familia de 
Tudurí. 

En el puebla de Florida, San José, Canelones y 
en cuantos pueblos tocaron, fueron impuestas con- 
tribuciones, á los vecinos y aun saqueadas las casas 
de comercio, como veremos por el extracto que ha- 
cemos conocer y que va en seguida: 


DATOS OFICIA LES 

sobre los saqueos y vejaciones cometidos por los revolucionarios 


El Jefe Político del Departamente de la Florida, 
en nota de 14 de Febrero, dice entre otras cosas lo 
siguiente: 


Conocida es, Exmo. Señor, la marcha vandálica 
con que los anarquistas han sembrado el terror por 
donde quiera que han pasado, y aunque los habitan- 
tes de este pueblo no han sufrido tanto como otros 
por la falta de tiempo que para hacer el mal, tuvie- 



- 116 — 

ron los rebeldes, conservarán un recuerdo impere- 
cedero de los desórdenes, saqueos y violencias que 
han presenciado. Porción de casas de negocio han 
sufrido perjuicios de mas ó menos consideración, 
entre las que mencionaré las siguientes: 

— El súbdito español D. Pedro Portillo, antiguo 
y respetable comerciante, no solo ha sido saqueado 
por los anarquistas en cohsiderable cantidad de efec- 
tos de tienda, y pulpería, sino también en crecida 
cantidad de onzas de oro, sufriendo insultos y ame- 
nazas de toda clase. 

— El subdito español y comerciante D. José Ma^ 
ría Ararnburu, sufrió igual saqueo de efectos y di- 
nero, exijiéndoselo con un trabuco al pecho. 

* — El súbdito español y comerciante D. Juan An- 
tonio Gonzales que se hallaba en la Capital cuando 
entraron los anarquistas en este pueblo, fué igual- 
mente atropellado en su casa de negocio, violentán- 
dose á su d pendiente y robándosele porción de 
efectos de tienda y pulpería y una crecida cantidad 
de dinero. 

— El súbdito español y comerciante D. José Ma- 
ría Cuñarro, fué robado en porción de efectos de 
tienda, insultándosele brutalmente. Este mismo 
individuo sufrió una cruel atadura por haber sa- 
lido á defender á la señora de D. Jaime Cibils cu- 
ya casa querían atropellar. 

— Al súbdito español D. Antonio Perez Diaz le 
sacaron violentamente porción de reses vacunas de 
su establecimiento de pastoreo á inmediaciones de 
esta Villa. 



— 117 — 

— Al súbdito español y comerciante D. Pedro 
Sámpera le saquearon su casa de negocio de pulpe- 
ría, escapando milagrosamente de ser asesinado, 
pues l.e dispararon dos tiros á quema ropa. 

— El subdito español D. Juan Elizalde fué saquea- 
do completamente en su establecimiento de fonda 
consumiéndosele sin pagarle, todo cuanto tenia en 
su casa é insultándosele ignominiosamente con ul- 
trajes y bofetones. 

—Al súbdito alenian D. Rodolfo Ziegler se le 
saqueó del mismo modo su establecimiento de sas- 
trería, insultándose groseramente. 

— El ciudadano oriental Capitán de Guardias 
Nacionales D. Manuel Cantero que se hallaba con 
el infrascripto en el ejército, ha sido el blanco de 
las encarnizadas hazañas de los arnaquistas. Este 
ciudadano ha pagado bien caro su patriotismo y ad- 
hesión al Gobierno, habiendo sido saqueado comple- 
tamente en su casa de negocio al estremo de ♦des- 
truírsele todo loque no pudieron llevar. Hoy se ha- 
lla ese infeliz reducido á la indijencia con porción 
de hijos menores. 

— El ciudadano D. Leandro García, Juez de Paz 
de esta Villa patriota anciano y respetable, fué 
atropellado en su casa por algunos titulados ofi- 
ciales anarquistas, uno délos cuales llamado Elíseo 
Firme cometió el atentado de romperle la cabeza 
sin detenerle las canas y la actitud indefensa del 
d esgraciado. Este fué á quejarse inmediatamente y 
bañado en sangre, al ex-General César Díaz, quien 
le contestó que nada podía remediar. 



— 118 — 

— La casa del Sarjento José Vázquez fue saquea- 
da á pesar de la pobreza de este ciudadano dejando 
entregada su familia á la última miseria, vengán- 
dose asi los demagogos de la decisión con que dicho 
Sarjento ha servido siempre en la causa del or- 
den. 

—El Coronel D. Faustino López que consiguió 
escapar de la sorpresa que intentaron hacerle en su 
estación un destacamento de anarquistas á las órde- 
nes de Manduca Carabajal y Benigno Islas, sufrió 
la rabia de los rebeldes en el completo saqueo, que 
hicieron de su establecimiento, no respetando ni las 
ropas de las criaturas de una infeliz familia que alli 
habia. 

El súbdito español D. Juan Delgado residente 
en las puntas del arroyo Pintado, ha sido atropella- 
do y saqueado bárbaramente dos veces por las fuer- 
zas anarqistas, su familia ha sido vejada, y él atado 
y coleado de un tirante hasta medio ahorcarlo, ha 
caido en un estado de demencia y postración tal que 
lo llevará á próxima muerte. 

— En fin, Exmo. Señor la relación de los desór- 

,/ 

dénes y atentados de esos hombres sin corazón, ha- 
ría interminable esta nota y creo que lo dicho bas- 
tará para apreciar toda la deformidad de los proce - 
dimientos del bando rebelde; mas antes de concluir 
debo llamar la atención de V. E. sobre un acto que 
caracteriza altamente la depravación de los hombres 
que se titulaban libertadores. A su entrada á esta 
Villa el primer acto de los anarquistas fué buscar al 
Dr. Majesté, reclamándolo á grandes voces para de- 



— 119 — 

gollarlo, atropellando las puertas y ventanas y des- 
ahogando su rabia al ver frustada su esperanza, en 
insultos á la casa del Señor, cuyas puertas conservan 
aun las señales de las lanzadas con que las profana- 
ron. 

Dios guarde á V. E. muchos años. 


Juan P. Cavaría. 


De la información levantada por el Jefe Político 
del Durazno resulta que D. Dámaso Correa, titu- 
lándose Comisario del Ejército de los rebeldes, im- 
puso de orden del finado General Diaz, una contri- 
bución en dinero y efectos álos principales comer- 
ciantes de aquella población, amenazándoles con 
matarlos si no entregaban el dinero y los efectos en 
el plazo que les señaló. Así es que, entregaron el di- 
nero, pero no los efectos porque la repentina llega- 
da délas fuerzas del Gobierno lo impidió. Los sa- 
queados eran de todas nacionalidades, y entre .ellos 
se encuentran loá siguientes individuos: 


D. José Gutierres, que entregó 

250 patacones. 

D. Pedro Recaldt» 

250 

)) 

D. Eusebio Piris 

100 

)) 

D. Estevan María de Pena . . 

150 

)) 

D. Rafael Rodríguez 

200 

)> 

D. José María Montero. . . . 

150 

» 



- 120 — 

D. Francisco Alzaibar 250 patacones 


D. Miguel Iraaz 100 

D. Antonio Galo 300 


En el Departamento de Canelones continuaron 
las escenas de violencias y los saqueos al vecindario. 
Del informe levantado por el Jefe Político de aquel 
Departamento resulta que D. José García, súbdito 
español, fué obligado á entregar por los mismos me- 
dios 173 pesos en plata, y efectos de su casa de nego- 
cio, y mas dos caballos de pesebre que le robaron. 

Los señores Roibal, Perez y hermano, también 
súbditos españoles, después de sufrir vejaciones de 
toda clase de D. Dámaso Correa, y D. Ignacio 
Echagüe, fueron obligados á entregar un valor de 
doscientos pesos, en dinero y efectos entregados ó 
robados á su vista. 

Los señores Rodríguez y Alonzo, súbditos espa- 
ñoles fueren obligados á entregar 50 pesos, amen de 
las amenazas que les fueron hechas por soldados ar- 
mados. 

D- Agustín Rodríguez, D, Marcos Calero y her* 

mano, D. Cayetano Canesa, los señores D. Liria- 

% 

co Cabrera y Ca. , D. Francisco Gutiérrez, todos 
súbditos españoles, fueron también víctimas de esas 
exaciones. El primero tuvo que entregar 80 pesos en 
efectos, los segundos 160 pesos, Canosa entregó 80 
y los demas por este estilo. 

A D. Federico Yedra, oriental, que abandonó su 
casa de temor á las violencias que tenían lugar en 



— 121 - 

aquellos momentos, le robaron, según su declara- 
ción 200 pesos en efectos de su casa do negocio. 

D. Lucio García, también oriental, tuvo que en- 
tregar 40 pesos. Fatigoso seria seguir todos los de- 
talles que contiene el sumario sobre las violencias é 
insultos que servían de preliminar á los saqueos. 

. Ni las Oficinas de Policía y Juzgado Ordinario es- 
caparon a las depredaciones. Violentando las puer- 
tas, rompieron los archivos, muebles y cuanto ha- 
bía en ellas, dejando un semillero de pleitos con ha- 
.ber inutilizado multidud de espedientes y documen- 
tos importantes de propiedad particular. 

En el pueblo de Piedras, á tres leguas de la Capi- 
tal, siguieron las mismas escenas, resultando sa- 
queados los siguientes súbditos españoles: 

D. Joaquín Rosch, 50 patacones — D. Nicasio del 
Castillo, 200 idem— D. Domingo Arce, 50 idem — D. 
Valentín Esteves, 50 idem--D. Juan Alayon, 100 
idem— -D. Juan Cardona, lOOidem — D. José Plañe, 
50 idem— D. José Cabrera, 100 idem — D. José Cua- 
dra, 50 idem — D. Cirilo Vignoli, 50 idem — D. Alejo 
Rivera, 50 idem -D. Avelino Rocamora, 50 idem — 
D. Sebastian Luzardo, 25 idem— D. Agustín Medi- 
na, 200 idem — D, Juan Vignoli, 100 idem — D. Joa- 
quín II. Moreno, 50 idem — D. Marcial Vega, 44 
idem — D. Fernando Esteves, 50 idem — Oriental, D. 
Felipe de los Campos, 150 idem — Francés, D. Juan 
Lug, 100 idem— Italianos, D. Estevan Lombardo, 
50 idem— D. Juan Russi, 50 idem., 

Esto, aparte los efectos de tienda y almacén ro- 
bados al comercio y de los caballos de pesebre toma- 



— 122 - 

dos de las caballerizas, y de las matanzas y violen- 
cias, practicadas, como por ejemplo, el asesinato 
cometido en la persona de D. Pablo García, cuyo 
único delito, si delito puede llamarse, consistia en 
simpatizar con la causa de los defensores de Gobier- 
no. 

Hé aquí una de las declaraciones tomadas sobre 
el hecho: 


«Seguidamente compareció el vecino D. José Ma- 
ría Robaina, natural de esta República, á quíenyo 
el infrascripto Comisario, en cumplimiento de orden 
superior, le pedí que declarase sobre los escesos co- 
metidos en su casa y en su persona por los rebeldes» 
durante su permanencia y tránsito por este Depar- 
tamento, y dijo: que el dia 2 de Enero próximo pa- 
sado se hallaban en este pueblo las fuerzas del ex- 
Comandante Caballero, y como á las 3 de la tarde 
de ese dia llegaron á su casa cuatro soldados, . entre 
los cuales iba uno que dscian ser Ramón Islas, y 
preguntaron si se hallaba allí Pablo García, y al 
momento salió éste y contestó:— Servidor de Vd. — 
Oiga una palabra, á lo cual salió y en cuanto pisó 
fuera de la puerta, le tiraron un tiro, bandeándole un 
costado, que entonces Garcia.se retiró para adentro 
de casa, y los malhechores me dijeron que lo hiciese 
salir, porque sino me matarían y prenderían fuego al 
rancho: que en esto se presentó un oficial y dijo 
que saliese, que no lo matarían y que confiado en 



— 123 — 

esta promesa salió García, yá herido y á pocos pa- 
sos de la casa le tiraron otro tiro en el pecho, y fui 
informado que también le dieron unos lanzazos al 
entrar el herido en el pátio del vecino D. José Ca- 
rambola, donde fué ultimado. Que nada mas sabe 
de lo dicho. 


Manuel Echevaria — José María Robaina. 


Y aparte las violencias inferidas á la persona del 
súbdito español Juan Delgado, como se verá por lo 
siguiente declaración: 


En el mismo dia, impuesto el infrascripto Co- 
misario de policía que en la casa del vecino de esta 
sección D. Manuel Delgado se hallaba un hijo de 
este, gravemente enfermo á consecuencia de los ex- 
cesos cometidos en su persona por los rebeldes, pa- 
sé á la casa del espresado Delgado y teniendo pre- 
sente al individuo que se halla enfermo, le pregunté 
por su nombre, patria, estado y residencia, y dijo 
llamarse Juan Delgado, natural de España, y vecino 
de Pintado, aunque actualmente se halla curándo- 
se en la casa de su señor padre. En seguida fue in- 
terrogado sobre los excesos cometidos en su casa y 
su persona por los anarquistas, y dijo: que el dia 22 
de Enero próximo pasado llegó á su casa un ofi- 



— 124 — 

cial llamado Zacarías Magallanes perteneciente á 
Caballero, y le pidió una res de auxilio para un 
piquete que lo acompañaba, que hizo echar sus ani- 
males al corral, y les señaló la res que les daba, 
pero que ellos entonces le pidieron un lazo presta- 
do y sacaron una vaca que carnearon, que visto es- 
to por el declarante trató de retirarse á su casa sin 
decirles una sola palabra, y cuanto vieron que se 
retiraba, lo agarraron, lo ataron por los codos y lo 
colgaron, dejándolo en este estado hasta que su es- 
posa lo desató después que ellos se retiraron— lle- 
vándole tres resesmas y nueve caballos', y dos 
trabucos que tenia' en se casa; que desde entonces 
se halla postrado en la cama, y arrojando sangre 
por la boca. Que nada mas tiene que decir sobre lo 
declarado, declaración que no firma por no saber, 
haciéndolo ásu ruego el vecino que subscribe. — M. 
Echavarría, Comisario de Policía — Por D. Juan 
Delgado, Francisco Rodriguez. 

En el sumario levantado en el Departamento de 
la Florida, por su Jefe Político, encontramos, entre 
otras declaraciones, las siguientes. * 

No pueden concebirse escenas de vandalaje se- 
mejantes y sin embargo los rebeldes se titulaban 
Libertadores! Hé aqui esas declaraciones: 



Declaración de D. Pedro Portillo 


En la Villa de de la Florida á diez y siete dias del 
mes de Febrero de mil ochocientos cincuenta y ocho 
ante mí el Oficial Auxiliar déla Gefatura de Policia 
del Departamento y testigos D. Santos Urioste, D. 
Antonio Silva, y D. José Tubino, á falta de Escri- 
bano Público, compareció D. Pedro Portillo, ve. 
ciño y del comercio de la misma á quien en virtud 
de la comisión que me está conferida le tomé jura- 
mento por Dios nuestro Señor y una señal de cruz 
por la cual ofreció decir verd ad de lo que supiese y 
fuese preguntado y siéndolo, expuso que en Enero 
ppdo. teniendo su casa de'negocio abierta como á 
las seis de la mañana y habiendo entrado en esta 
Villa las fuerzas de los anarquistas se le presentó el 
ex-Capitan Ceijas con una partida como de diez 
hombres preguntándole por las llaves de la Jefatura: 
que no teniéndolas en su poder se dirijió á otra parte 
á buscarlas, que enseguida se le presentó otro indi- 
viduo, al parecer oficial, con seis hombres en su com* 
paña, sabiendo después haber sido un tal Calderón: 
exijiéndole este los ponchos que tenia en su casa, le 
fué costestado no haber mas que uno, pero este in- 
sistió diciendo que sabia que tenía muchos más, pe- 
ro como el declarante le manifestó no tener mas que 
aquel les ofreció paño y bayeta á fin de evadirse de 
la exijencia que le hacían, que entonces tomó el pon* 



— 126 — 

cho, dos taimas mas, ponchos de verano, y toda la 
ropa hecha que había en la tienda, entre tanto, tres 
individuos de los que acompañaban al espresado 
Calderón entraron por detras del mostrador, sa- 
cando una pieza de paño fino y una gran porción de 
artículos de valor. Después de haberse pertrechado 
de todo lo que pudieron cargar, el espresado oficial 
se internó en la pieza contigua á la tienda que servía 
de escritorio y llamó al deponente á solas y estando 
en dicha pieza sacó un trabuco de la cintura, lo amar- 
tilló y se lo puso al pecho exijíéndole diez onzas de 
oro, á lo que el declarante le contestó que se las da- 
ría si las tenia, que al efecto abrió la caja del dinero 
y antes que pudiera contarlas ni sacarlas, el forajido 
echó mano á la caja y sacó un paquete de cuarenta y 
tres onzas de oro que tenia en depósito pertenecien- 
tes á D. Antonio Cáceres; trece monedas mas de 
once patacones que tenia en depósito de D. José 
Bosj, como treinta patacones en cambio y veinte y 
cuatro pesos moneda papel y mas una docena de bil- 
letes de lotería mayor. En seguida uno de los indi- 
viduos de la tropa le llevó su recado de uso y un pon- 
cho que estaba sobre el mismo recado y que 
pertenecía á D. Jaime Cibils. Preguntándole si ha- 
bían dejado algún documento que acreditase lo que 
se le había llevado, dijo que no. A mas de lo dicho 
anteriormente dijo se le habían llevado porción de 
frioleras que no merecen mencionarse: Preguntán- 
dole en cuanto calcula la pérdida que le habian oca- 
sionado los espresados individuos, contando con el 
dinero y efectos: dijo que serian como mil seiscien- 



- 127 — 

tos sesenta y tantos pesos. Leída que lefué esta de- 
claración dijo no tener nada que agregar ni quitar y 
que no había mas personas que las de su casa y el 
Teniente Cura D. Nicolás Aguirrechy que vive en 
la misma casa en lo que se afirma y ratifica á cargo 
de su juramento, espresóserde treinta años de edad 
y la firma conmigo y testigos citados. 

Ante mí el oficial auxiliar — 

Joaquín Vargas y Alelado. 
Pedro Portillo. 


Testigos— 

José Tubino, — Santos Urioste , — 
Antonio J. Silva. 


Occlaracion de O. Leandro García, 


El mismo dia ante mí y los mismos testigos;y con 
el fin indicado compareció el Juez de Paz D. Lean- 
dro García á quien hice lectura del oficio del Supe- 
rior Gobierno y decreto que antecede y que se sirvie- 
se declarar todo lo que supiese y el conocimiento 
que tuviese de lo« hechos a que dicho superior ofi- 
cio se refiere, dijo que como vecino pacífico y muy 
antiguo de esta Villa respetado hasta el presente 
por toda clase de partidos y en todas las convulsio- 
nes que el pais habia sufrido, no tuvo inconvenien- 



- 128 — 

te en quedarse esta vez al reparo de su numerosa 
familia, pero no había previsto que el furor de los 
anarquistas esta vez llegase á tanto que se atravie- 
sen como lo hicieron á maltratar á un hombre de 
su edad y antecedentes, según lo vá á demostrar en 
el relato que va á hacer de la tropelía que con él co- 
metieron. Que el dia 21 de Enero próximo pasado, 
dia en que entraron á esta Villa los anarquistas sien- 
do como las nueve de la mañana, supo que la casa 
de su yerno D. Juan Antonio Gonzales estaba ame- 
nazada de saqueo; que á ruegos de su hija pasó á di- 
cha casa en el momento que enfrente á ella misma 
estaba apostado un grupo de diez ó doce hombres á 
caballo y hallando el que declara todas las puertas 
enteramente cerradas regresaba para su casa cuan- 
do de este grupo se desprendió el Capitán Elíseo 
Firme y acometiéndole furiosamente con un reben- 
que mango de hierro le dió de golpes por la cabeza, 
brazos y manos hasta que consiguió bañarlo en 
sangre, tenderlo por el suelo y arrastrarlo por el ba- 
rro; en seguida el que declara se retiraba á su ca- 
sa y le salió á la calle el vecino D. Pedro Varela y 
su señora y le instaron no pasase en ese estado en que 
venia á presencia de su familia, accedió pues á las 
insinuaciones de dicho señor, entró en la casa don- 
de oficiosamente él y su señora, mandaron buscar 
al médico D. Miguel Lázaro para que lo curase, pe- 
ro que éste por casualidad no se hallaba en su casa, 
pero sin embargo aquel señor y señora le lavaron 
la herida que tenia en la cabeza y le contuvieron 
la sangre, dándole ropa para mudarse, retirándose en 



— 129 — 


ese estado á su casa, y que al poco rato de estar en 
ella se le agolparon cuatro negros, dos con bayonetas 
desnudas, disimulando el estado en que lo habían 
puesto, y con pretesto de compadecerlo, pero que su 
intención como después comprendió, era acabarlo 
de asesinar ó saquearlo, pero como á media cuadra 
estaba don Gregorio Castro,- uno de los jefes rebel- 
des les amenazó con dar parte y se retiraron. Qué 
siendo como1%una de la tarde del mismo dia se pre- 
sentaron otros cuatro hombres al parecer extranjero 
uno y los otros eran tres negros, trayendo el primero 
un puñal desnudo en la mano, tocando al estremo 
de empujarlas ventanas con bastante violencia, cuan^ 
do en el Ínterin se llegó á ellos un ayudante que dij 0 
ser el señor Zamora, quien después de estar suplicán- 
doles más de un cuarto de hora que se retirasen de 
aquel lugar pudo conseguir llevárselos por delante. 
Que al dia siguiente fué cuando el médico don Mi- 
guel Lázaro, reconoció y curó la herida que tenía en 
la cabeza : dijo que lo que deja declarado es público 
y notorio en esta Villa y todo la verdad bajo la fé del 
juramento que previamente prestó en forma legal, en 
lo que se ratifica y afirma declarando ser de setenta 
años y lo firma conmigo y testigos. 

Ante mi el oficial auxiliar de la Jefatura. 

Joaquín Vargas y Aldado — 
Leandro García. 

Testigos— 

José Tubino — Antonio J. Sil - 
va— Santos Urioste. 



- 130 - 


Evitamos la declaración del señor Teniente Cura 
don Nicolás Aguirrechy, y del señor Coronel don 
Faustino López, y otros por que mas ó menos son 
semejantes. ¡Solo diñeren en las cantidades robadas 
y en la variedad de violencias cometidas.” a 


V 

Tales fueron los hechos de que fueron autores 
aquellos revolucionarios. Cualquiera de ellos ha- 
bría merecido un ejemplar castigo. 

Pero lejos nosotros de aprobar las fuertes repre- * 
siones, por mas que las justificasen, un pasado abru- 
mador, el desorden permanente y la anarquía mas 
desenfrenada que estaba encarnada en el país, dieran 
así su esplicacion,no por eso dejamos de comprender 
que no se salvan las sociedades, ni se levantan los 
pulblos, sino con medidas enérgicas, en ciertos mo- 
mentos, y mas cuando se trata de la vida ó muerte 
de ellos, de su anulación como naciones indepen- 
dientes, y cuando se trata de su presente y por- 
venir. 

Dice un escritor que en las sociedades en que domi- 
na la anarquía, en que no se vive sinó en continua 
alarma, y en que nada se puede organizar ni fundar, 
porque todo es inútil; en que las ambiciones exage- 
radas no tienen límite, y no hay dique que contenga 
el mar embravecido de las pasiones rencorosas, esas 
sociedades están inrremisiblemente perdidas. 



— 131 - 


Destinadas á perecer, sino hay quien con una fuer- 
za inquebrantable de voluntad, pueda conseguir des- 
pejar aquel caos, poniendo en planta medidas 
que den por resultado el bien de la mayoría, contra 
las ambiciones desmedidas de unos cuantos, que se 
erigen en continuos perturbadores de la tranquili- 
dad pública, y que agobian á su país con continuas 
violencias y exacciones. 

Esto puede perfectamente adoptarse á nuestro 
país, y explicar el desenlace que tuvo la revolución 
encabezada por los que sucumbieron tan sensible- 
mente en Quinteros. 

Sentimos tener que recordar aquel episodio de 
nuestra historia de la guerra civil; tan lleno de tris- 
tes ejemplos que no debiéramos recordar, siendo la 
obra de la inconciencia de algunos y de la malevo- 
lencia de otros, y sobre todo, los móviles que guían 
á muchos á manten^ los odios siempre en el pueblo, 
exagerando los hechos ¿tergiversándolos á placer y 
que se trasmiten la falsía y la perfidia de generación 
á generación, siendo esto lo que me ha inducido á es- 
cribir estas líneas, para que la luz se haga y la ver- 
dad domine, ante la falsa interpretaciones, con 
que se encubren los hechos. 

Nunca es noble, revivir las pasiones rencorosas 
sobre todo en un país que ha sido tan azotado por 
la anarquía, pues es querer poco á su patria, el de 
esponerlaá los peligros que evocan, la incandes- 
cencia de los odios y los tristes episodios de la 
guerra fratricida. • 



— 132 - 


„ No puede un pueblo vivir eternamente odián- 
dose unos con otros, alejándose cada vez mas y 
abundando mas las causas que lo separan. 

Es de buena política y de puro patriotismo alejar 
todo lo que |fciera la susceptibilidad nacional, *y en 
vez de romper los lazos que deben unir á los ciu- 
dadanos, para la obra común de salvar la Pátria 
ligarlas voluntades de todos y en vez ds incitar los 
odios y las pasiones de partido que tuvieron 
su tiempo y se explicaban, entonces para com- 
batirse, pero que hoy no tienen razón de ser, so- 
bre todo con la violencia con que se recuerdan los 
hechos pasados de que solo la historia será verda- 
dero juez, y no pretendiendo imponer con ellos como 
si estuviéramos en la época del sitio grande. 

No, es^ época ha pasado y ño podemos vivir enca- 
denados á seguir siempre recorriendo un círculo 
vicioso; debemos al cambiarlos l^empos tener otras 
ambiciones, otras más noble aspiraciones que pro- 
pendan al bien público, pues todas las épocas no son 
las mismas, y cada etapa de la vida de un pueblo 
tiene por necesidad, que representar el grado de 
cultura y de adelanto á que todas las sociedades 
marchan. 

No podemos pues retroceder cuarenta años, sin 
presentarnos como refractarios á la civilización. 

Apacigüemos los rencores y pasiones de los par- 
tidos, dejemos los hechos de nuqgtras luchas fratri- 
cidas, á la historia, que los juzguen imparcial- 
mente, y recordemos solo ldfe acontecimientos de 



— 133 — 


nuestra epopeya nacional, cuando treinta y tres va- 
lientes guerreros lucharon para libertar la Pátria* 

Esos recuerdos de la guerra civil deben morir 
ante los recuerdos de la noble causa en que se em- 
peñaron nuestros padres para darnos Patria. 

Y sobre todo, debemos tener cordura para evitar 
los peligros que entrañan el reanimar los lúgubres 
recuerdos de nuestros odios que nos han separado 
poetan larg os años, no agitando las pasiones ren- 
corosas y reviviendo aun el fuego no éstinguido de 
tantos desordenes. 

Las ropas ensangrentados de Julio Cesar presen- 
tadas al pueblo Romano por Marco Antonio, propor- 
cionaron degradaciones imensas, venganzas y cruel- 
dades y sobre todo la pérdida d e las libertades pú- 
bli cas. 

Este ejemplo de la historia de Roma, puede ser- 
vir de lección á los que en nuestro país, agitan las 
pasiones, recordándoles incitar hechos como el de 
Quinteros, para incitar la anarquía y los odios en el 
pueblo exponiendo al país á muchos peligros. 








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